Siento un nudo helado en la garganta desde que me desperté. Miro la camiseta celeste y blanca doblada sobre la mesa, esa misma que lleva el número diez estampado en la espalda, y me cuesta asimilar que lo que viviremos hoy en el Estadio Monumental no es un sueño ni una pesadilla. Es la realidad, despojada de cualquier anestesia: hoy jugás tu último partido con la Selección Argentina. El rival es Benín, el marco es un estadio desbordado con más de ochenta mil almas, pero en verdad el partido es una sola excusa piadosa para no afrontar lo inevitable. Nos reunimos todos acá para mirarte, para sostener el aliento y para intentar decirte adiós sin rompernos en mil pedazos.
Resulta difícil entender cómo pasaron más de veinte años desde aquel debut juvenil y accidentado. Éramos un país distinto, eras un chico tímido que llevaba la pelota pegada a la zurda como si fuera una extensión de su propio cuerpo, un hueso más. A partir de esa tarde, los argentinos empezamos a escribir nuestro diario íntimo a la par de tus pisadas. Crecimos con vos, Leo. Sufrimos tus dolores como si fueran propios, lloramos tus finales perdidas con una impotencia atroz y, en el fondo, nos dolió tanto la injusticia del fútbol que a veces nos avergonzó la impaciencia de una patria demandante.
Pero vos te quedaste. Vos no aflojaste nunca. Cuando la crítica fácil te sugería rendirte, elegiste volver a levantarte. Nos enseñaste la lección más hermosa y profunda que un deportista le pueda dejar a un pueblo: que el amor verdaderamente sincero no se negocia por un trofeo, sino que se persevera en la tormenta. Por eso, cuando te vimos levantar la Copa América en el Maracaná, cuando te vimos tocar el cielo en Lusail en esa tarde mágica de Qatar, no festejamos únicamente un título. Festejamos la justicia divina de verte sonreír, festejamos que la vida al fin le devolvía algo a quien nos lo dio todo sin pedir nada a cambio.
Esta noche en Núñez el resultado no le importa a nadie. Cuando pises el césped y suene el silbato inicial, cada pase tuyo va a ser una caricia guardada en la memoria colectiva, un cuadro que vamos a intentar retener para los días oscuros en los que el fútbol nos vuelva a parecer ordinario. Queremos congelar esa estampa: el torso erguido, la mirada rápida, la zurda mágica acomodando el balón y esa cinta de capitán que te calzaste no solo en el brazo, sino en el corazón de cuarenta y cinco millones de personas.
Se hace muy difícil imaginar un partido de la Argentina sin vos en la planilla. ¿Cómo se llena semejante vacío? ¿A quién vamos a buscar con los ojos cuando las cosas se pongan difíciles? Mañana comenzará otro fútbol, más terrenal, más gris. Pero hoy, en tu último baile con la Albiceleste, solo queda la gratitud.
Gracias por la infancia que les regalaste a nuestros hijos, gracias por la emoción contenida que nos hizo abrazar a nuestros viejos en un llanto infinito, gracias por haber sido el rey humilde de un país necesitado de alegrías. No va a existir jamás otro como vos, ni en esta tierra ni en ningún lugar del planeta. Te vas siendo el más grande de todos los tiempos, pero, sobre todas las cosas, te vas siendo uno de los nuestros.
Buen viaje, Capitán. Te amamos para siempre.
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