Aferrados a sus tronos frente a guerras empantanadas, purgas internas y grietas políticas, los líderes de Washington, Moscú y Pekín demuestran que la adicción al mando no conoce límites ni admite retiradas a tiempo.

Hay una vieja máxima en la política global que dice que el verdadero poder no necesita alzar la voz ni amenazar con el puño cerrado. Sin embargo, si uno observa el escenario internacional actual, la sensación es exactamente la contraria. Las tres grandes potencias del planeta: Estados Unidos, Rusia y China, están conducidas por hombres que parecen haber desarrollado una dependencia casi biológica al mando. Una ambición desmedida que no entiende de pactos, de instituciones ni de frenos de mano.

Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping encarnan una época donde el acuerdo multilateral fue sustituido por el pulso individual. Son los arquitectos de un mundo a medida, guiado por la convicción de que solo su voluntad personal puede sostener el peso de sus naciones. Pero detrás de la escenografía de fuerza y los discursos desafiantes, la realidad empieza a mostrar las costuras de un modelo con claros signos de agotamiento.

El gran problema de la ambición desmedida es que suele cegar a quien la padece. Aceptémoslo: los errores de cálculo de estos tres mandatarios no son casualidad, sino el resultado previsible de haber eliminado cualquier contrapeso a su alrededor.

Putin pensó que la aventura militar en Ucrania sería cuestión de días y hoy se encuentra atrapado en un conflicto de desgaste interminable, pagando un costo humano y diplomático desproporcionado. Trump, fiel a su estilo de apostador impulsivo, pensó que presionar a Irán o amenazar a sus propios aliados históricos en Europa le daría una victoria fácil, solo para descubrir que la geopolítica moderna no reacciona como un tablero corporativo. Xi Jinping, por su parte, juega una partida más silenciosa pero igual de implacable: en su afán por concentrar todo el control en Pekín, ha desatado una purga incesante en la cúpula militar y ha puesto bajo sospecha al mismísimo sector tecnológico que convirtió a China en potencia mundial.

Gobernar sin oposición interna genera una ilusión peligrosa: la idea de que la realidad siempre se adaptará al deseo del líder. Y cuando no ocurre, la respuesta suele ser más presión, más retórica agresiva y más aislamiento.

Ninguno de estos tres hombres ha querido preparar el terreno para lo que vendrá después. No hay planes claros de sucesión, no hay figuras de relevo con peso propio y tampoco hay intención de construir un liderazgo colectivo. Para la doctrina del hombre fuerte, pensar en el día después equivale a admitir la propia fragilidad. Por eso prefieren dejar a sus espaldas estructuras fragmentadas, coaliciones políticas fracturadas o burocracias paralizadas por el temor a caer en desgracia.

El resultado es un orden global paradójico. Por un lado, tenemos superpotencias dotadas de arsenales descomunales y un dominio tecnológico sin precedentes. Por el otro, esas mismas potencias están dirigidas por liderazgos incapaces de cerrar los conflictos que ellos mismos desataron, asfixiados por deudas colosales y sorprendidos por el avance de países de mediano tamaño que ya no están dispuestos a acatar sus órdenes sin chistar.

Las potencias intermedias, cansadas del espectáculo de los viejos bloques, han empezado a tomar la iniciativa. Desde la firmeza de diplomáticos y mandatarios en América del Norte hasta la resistencia en Europa y el Sudeste Asiático, el mensaje empieza a ser claro: el mundo es demasiado complejo y dinámico para quedar atrapado en los caprichos de un puñado de despachos cerrados.

El tiempo pasa para todos y la historia enseña que ningún régimen basado exclusivamente en el culto a la personalidad es eterno. Los autócratas podrán controlar las leyes, acallar a la oposición e imponer su agenda durante años, pero jamás podrán controlar el curso definitivo de los acontecimientos. La gran incógnita no es si este estilo de gobernar llegará a su fin, sino qué tipo de mundo nos quedará cuando el humo de tanta ambición finalmente se disipe.