La noticia llegó con esa mezcla de tristeza e incredulidad que suele acompañar la muerte de quienes, durante tantos años, estuvieron siempre presentes. Chiche Gelblung murió este miércoles 9 de septiembre, a los 82 años, y con él se va una de las voces más reconocibles del periodismo argentino.
Durante más de cinco décadas, Samuel “Chiche” Gelblung pasó por la gráfica, la radio y la televisión. En todos esos lugares dejó algo propio. Una manera de mirar. Una pregunta incómoda. Una historia que, de pronto, conseguía que miles de personas se detuvieran a escuchar.
Porque Chiche no era solamente un conductor. Era, antes que nada, un periodista de oficio. De esos que entienden que una noticia no siempre aparece donde todos están mirando. A veces está en una esquina, en una conversación, en un personaje que parece secundario. Y hay que tener olfato para encontrarla.
Su carrera comenzó en las redacciones, donde se formó como periodista y aprendió a moverse entre la información, la investigación y la edición. Con el tiempo, llegó a dirigir publicaciones como Gente y La Semana, y construyó una trayectoria que lo convirtió en una figura central de la prensa argentina.
Allí apareció una de sus grandes virtudes: la capacidad de detectar una historia. Chiche tenía esa intuición que permite reconocer que detrás de un dato puede haber algo mucho más interesante. No se conformaba con contar lo que había pasado. Quería saber por qué, cómo y quiénes estaban detrás.
Después llegó la televisión. Y llegó para quedarse.
Con Memoria, en Canal 9, encontró un espacio donde su personalidad y su manera de hacer periodismo podían desplegarse con enorme fuerza. Más tarde, programas como 70.20.10 volvieron a mostrar a un Gelblung capaz de combinar investigación, entrevistas, actualidad y cultura popular.
Su estilo era directo, a veces provocador, pero siempre reconocible. Chiche podía pasar de una entrevista política a una historia insólita sin perder el hilo. Y es que tenía una habilidad poco común: sabía encontrar el interés humano detrás de una noticia.
También fue un periodista que se animó a ir donde otros no querían ir. Cubrió conflictos internacionales y trabajó como corresponsal de guerra. Esa experiencia le dio una mirada sobre la realidad que no se aprende solamente en un estudio de televisión. Había visto de cerca lo que significa estar frente a una noticia que no admite distancia.
Pero quizá una de sus cualidades más importantes fue la curiosidad. La verdad es que Chiche nunca pareció dispuesto a jubilarse del periodismo. Incluso en los últimos años, cuando su salud le exigía cuidados, seguía pensando en programas, entrevistas y nuevos proyectos.
Tenía esa energía de los periodistas que sienten que todavía hay algo por descubrir. Como si cada día pudiera traer una historia capaz de sorprenderlo. Y esa actitud, en una profesión que muchas veces se vuelve rutinaria, es un valor enorme.
Su manera de trabajar también dejó una enseñanza. Chiche era exigente. Podía ser intenso, podía levantar la voz, podía incomodar. Pero conocía el oficio y entendía que el periodismo se hace con trabajo, con preparación y con la disposición de estar donde ocurre la noticia.
No fue un periodista de consensos fáciles. Su estilo generó admiración y también críticas. Algunas de sus decisiones profesionales fueron discutidas. Pero su importancia no se mide solamente por las polémicas. Se mide por la huella que dejó en los medios y por la cantidad de periodistas que aprendieron de su manera de preguntar, de producir y de contar.
Chiche tenía algo que no se enseña en ninguna escuela de periodismo: presencia. Cuando aparecía en pantalla, uno sabía que estaba por pasar algo. Podía ser una pregunta inesperada, una entrevista que tomaba otro rumbo o una historia que, hasta ese momento, parecía no tener demasiada importancia.
Y eso es lo que distingue a los grandes periodistas. No solamente informan. También despiertan curiosidad. Hacen que el público quiera saber más.
A lo largo de su carrera, Gelblung entendió que el periodismo no debía quedarse encerrado en un solo formato. Pasó de la revista a la radio, de la radio a la televisión y, más tarde, a los medios digitales. Siempre encontró una manera de seguir trabajando.
Esa capacidad de adaptarse fue otra de sus grandes fortalezas. No se aferró a una época. Se aferró al oficio.
Hoy, su muerte deja un vacío importante en el periodismo argentino. Se va un hombre que acompañó a varias generaciones, que fue parte de la historia de los medios y que convirtió su nombre en una marca de identidad.
Se va un periodista que sabía que una buena pregunta podía abrir una puerta. Que una historia podía cambiar una conversación. Que la curiosidad, cuando se trabaja con seriedad, puede ser una herramienta poderosa.
Y también se va una personalidad que, con sus aciertos y sus controversias, nunca pasó inadvertida.
Chiche Gelblung fue un ícono del periodismo argentino. Un hombre que hizo de la noticia una forma de vida y que, hasta el final, siguió buscando algo para contar.
Hoy se lo despide con tristeza. Pero también con reconocimiento.
Porque hay periodistas que dejan programas. Otros dejan títulos. Y algunos dejan una manera de mirar.
Chiche dejó eso.
Una mirada inquieta, una voz inconfundible y una pregunta que, seguramente, seguirá resonando en las redacciones durante mucho tiempo.
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