Quien camine hoy entre el griterío de los colectivos y el apuro de los transeúntes olvidará, tal vez, que exactamente un día como hoy, pero sábado de 1936, las tres de la tarde daban la bienvenida al gran intruso de Buenos Aires. Noventa años se cumplen de aquella jornada en que la piqueta y el apuro municipal firmaron el acta de nacimiento del Obelisco. Nació de un antojo de asfalto y progreso, justo cuando la Reina del Plata se preparaba para festejar los cuatrocientos años de su primera fundación por Pedro de Mendoza en 1536. El intendente de entonces, Mariano de Vedia y Mitre, un hombre de leyes y nieto de prócer, andaba desvelado buscando un homenaje a la altura de la efeméride. Algunos le propusieron levantar una estatua al caudillo Hipólito Yrigoyen; otros, con el luto a flor de piel, querían homenajear al mismísimo Carlos Gardel, que se había ido al cielo de los zorzales apenas un año antes, en el trágico junio de Medellín. Pero el alcalde, nombrado por el presidente Agustín P. Justo, no veía la luz en esas propuestas. Fue a su secretario de Hacienda, Atilio Dell’Oro Maini, a quien se le encendió la lamparita: “¿Y si hacemos un obelisco?”.

La idea prendió como pucho en el arrabal y llamaron a Alberto Prebisch, un tucumano de 37 años con la cabeza llena de modernidad, creador del Gran Rex y el cine Atlas. Prebisch aceptó gustoso el desafío de plantar una obra que, según el decreto de febrero de ese año, señalara la verdadera importancia de la Capital. Claro que, para abrirle paso al progreso de la mítica Avenida 9 de Julio y ensanchar la calle Corrientes, hubo que demoler con furia colonial. En el camino cayó la histórica jabonería de Vieytes y, tras un ruidoso pleito con la curia, se vino abajo la mismísima iglesia de San Nicolás de Bari, inaugurada en 1727. En su torre había flameado por primera vez la bandera celeste y blanca en 1812, y en sus fuentes se habían bautizado Moreno, Dorrego y Mitre. Pero la piqueta no tuvo piedad: se dio la última misa y el templo desapareció del mapa, mudándose años después a la Recoleta.

La empresa alemana GEOPE, junto a Siemens y otras compañías, metió acelerador a fondo. Entre el ruido de las herramientas, 157 obreros levantaron el gigante en apenas dos meses. Hubo que llorar una tragedia: la muerte del obrero italiano José Cosentino. Por la suma de doscientos mil pesos de la época, y antes de que llegara el 25 de mayo, el coloso de 67,5 metros de altura quedó de pie. Sin embargo, el porteñaje de café y timba lo recibió a las patadas. Lo llamaron “bodoque”, “adefesio”, “bodrio estrafalario” y “monumento funerario”. Para colmo, en junio de 1938, las vibraciones de los subterráneos de las líneas B y C hicieron que se desprendieran varias losas de piedra, que casi aplastan a una multitud de niños al día siguiente del Día de la Bandera. El escándalo fue tal que, en 1939, el Concejo Deliberante votó por abrumadora mayoría una ordenanza para demolerlo por completo. Tuvo que intervenir el presidente Roberto M. Ortiz y el veto del intendente Goyeneche para salvarle el cogote al gigante, reemplazando las losas por mampostería pura y borrando, en el apuro, el nombre de Prebisch de su frente. Cuando le preguntaron al arquitecto por qué lo había llamado Obelisco, el tucumano respondió con total desparpajo: “Porque había que llamarlo de alguna manera”.

Con las décadas, aquel supuesto mamotreto antiestético mutó en el epicentro absoluto de la porteñez. Hoy no hay vuelta olímpica, campeonato local, ni hazaña mundialista con tres estrellas en el pecho que no termine con un millón de almas apretujadas a los pies de sus cuatro caras, las cuales evocan las dos fundaciones, la bandera y la federalización de la ciudad. Se convirtió en el tótem sagrado de la alegría popular.

Pero la gran paradoja tanguera de este aniversario nos lleva a recordar un detalle insalvable: el máximo símbolo de la canción porteña, Carlos Gardel, jamás llegó a conocerlo. El Morocho del Abasto se marchó de este mundo antes de ver el hormigón tucumano alzarse hacia el cielo. Aunque, mirándolo bien con ojo compadrito, tampoco nos vamos a poner a llorar por eso: después de todo, a un muchacho francés, supuestamente nacido en los pagos uruguayos de Tacuarembó, ¿qué tanto le podía importar un pedazo de piedra que ni siquiera tenía una guitarra dibujada? Bromas de cafetín al margen, la silueta blanca recorta el horizonte de una Reina del Plata que no se entiende sin su presencia.

Mira lo que te perdiste Carlitos.