Cristian Gribaudo es un dirigente de estrecha trayectoria en el PRO, donde ha ocupado roles estratégicos fundamentales. Abogado de profesión, consolidó su perfil en la gestión pública porteña como ministro de Gobierno y, posteriormente, al frente de la obra social de la Ciudad. Su rol adquirió mayor relevancia nacional durante la gestión de Mauricio Macri, destacándose como un operador clave en el armado territorial y legislativo del espacio. En el ámbito institucional y deportivo, su figura alcanzó alta exposición pública al presidir el bloque oficialista en la Legislatura y, especialmente, tras liderar la lista del oficialismo en las elecciones de Boca Juniors en 2019. Su carrera refleja la transición del PRO desde sus inicios en la Ciudad hacia la proyección nacional, manteniendo siempre un vínculo de lealtad incondicional con la estructura de conducción macrista. Gribaudo es hoy reconocido como un cuadro político que combina la gestión técnica con la militancia partidaria activa
Hoy sus funciones pasan por ser el Secretario Administrativo de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires y amablemente recibió a EL REPUBLICANO para dialogar sobre su nuevo libro en el que trata, entre otras, una temática muy actual: la inteligencia artificial incorporada a la política.
—Christian, vos atravesaste la política desde adentro, como diputado y senador. El libro plantea que estamos pasando de una política basada en la deliberación a una política mediada por algoritmos y microsegmentación. ¿Cómo se vive esa transformación desde la práctica política concreta?
—La transformación es evidente y palpable en la práctica cotidiana. La política históricamente se estructuró sobre vínculos, territorios, organizaciones y liderazgos que construían legitimidad a través del contacto directo y la deliberación. Hoy eso convive con una lógica completamente distinta, donde la construcción política muchas veces pasa por la capacidad de interpretar datos, segmentar audiencias y gestionar percepciones en tiempo real.
Esto no implica que la política haya perdido centralidad, pero sí que enfrenta un desafío nuevo: recuperar capacidad de conducción en un entorno donde las decisiones ya no se forman únicamente en espacios institucionales, sino también en plataformas que operan con reglas propias. El riesgo no es la tecnología en sí, sino que la política deje de conducir y pase a reaccionar. El desafío es volver a integrar ambas dimensiones: aprovechar la tecnología sin resignar la conducción política.
—¿Creés que el Estado está preparado para incorporar inteligencia artificial sin perder control político? ¿Dónde está hoy el límite entre eficiencia tecnológica y responsabilidad institucional?
—El Estado no puede quedar al margen de la innovación tecnológica, porque eso implicaría perder eficiencia y capacidad de respuesta. Pero tampoco puede incorporarla de manera acrítica. El riesgo aparece cuando la automatización empieza a sustituir la responsabilidad política. Un sistema puede optimizar procesos u ordenar información, pero no puede reemplazar la decisión pública ni la rendición de cuentas.
El límite está ahí: en que la eficiencia no desplace la responsabilidad. Porque en el Estado, a diferencia del sector privado, cada decisión impacta en derechos.
—¿Cuál es la necesidad actual de emparentar al 100% la IA con la política?
—La necesidad es absoluta, porque hoy hablar de IA sin hablar de política es una forma de ocultar el problema de fondo. Durante mucho tiempo se presentó la inteligencia artificial como una cuestión puramente técnica y neutral, pero no lo es. Está entrenada con datos, diseñada por personas y orientada por intereses. Eso significa que toda IA encierra decisiones políticas.
Si no politizamos la IA, otros la van a gobernar por nosotros: las grandes corporaciones o los gobiernos que la usen sin control democrático. El riesgo enorme es que la política deje de gobernar la tecnología y que la tecnología termine reordenando la política.
—¿Qué tipo de dirigente necesita la política hoy frente a este nuevo escenario? ¿Seguimos formando cuadros políticos con herramientas del siglo XX para problemas del siglo XXI?
—El escenario actual exige dirigentes capaces de moverse en una doble dimensión: comprender la complejidad del Estado y sostener la conducción política en contextos de conflicto, entendiendo al mismo tiempo cómo funcionan las tecnologías que están mediando la vida social. No hace falta que un dirigente sea programador, pero sí que entienda qué hace un algoritmo, cómo se construye una narrativa digital y cómo circulan las percepciones.
El dirigente que viene tiene que integrar tres dimensiones: capacidad política, comprensión tecnológica y sentido ético para no quedar atrapado en la lógica de la manipulación.
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