Hay paradojas diplomáticas que rozan la comedia negra. Mientras desde Washington se empujó la candidatura de Donald Trump al Nobel de la Paz, en los pasillos del Pentágono se hacen cuentas sobre las consecuencias trágicas que podría dejar la super bomba. Si el comité de Oslo tuviera un poco de sentido del humor, tendría que inaugurar sin falta el "Nobel a la Guerra", no hay mejor candidato: Trump. 

La Casa Blanca vuelve a agitar la amenaza de MOAB, ese monstruo de 9.800 kilos conocido como la "madre de todas las bombas".

Este monstruo de 10 toneladas detona en el aire, a pocos metros del suelo, para desatar un infierno de ondas de choque capaz de arrasar nueve manzanas a la redonda. Ya la tiraron en Afganistán en 2017 contra los túneles de ISIS y el impacto psicológico fue brutal. Pero pretender usarla ahora contra la montaña de Pickaxe, donde se supone que el régimen iraní esconde su arsenal atómico, es otra historia. Ese complejo está sepultado bajo toneladas de granito macizo. La MOAB haría muchísimo daño arriba, pero abajo la estructura seguiría prácticamente intacta.

Acá es donde la historia se vuelve peligrosa y la memoria nos juega una mala pasada. Todo esto huele demasiado a la invasión de Irak en 2003, cuando destruyeron un país entero buscando armas de destrucción masiva que solo existían en los informes de inteligencia. ¿La diferencia? Esta vez el tiro puede salir por la culata de la peor manera. Si la vibración titánica de la MOAB llega a resquebrajar la roca sin destruir el material nuclear, la onda expansiva liberaría una nube tóxica y radiológica sobre la región. En vez de neutralizar una amenaza, estaríamos ante un Chernobyl provocado por la geopolítica del espectáculo.

¿Quién está ganando realmente esta guerra? Absolutamente nadie. Teherán usa las amenazas para cerrar filas internamente y vender la idea de la resistencia heroica. Estados Unidos, por su parte, quema millones de dólares en armamentos de alta tecnología que no resuelve el fondo del conflicto pero mantiene feliz al complejo militar. Al final del día, la bomba sigue guardada en su hangar como un amuleto del terror, recordando que la distancia entre el discurso de la paz y el abismo atómico es, a veces, tan fina como el ego de los gobernantes.