El mundo alcanzó un punto de quiebre histórico: los mayores de 65 años superaron a los nenes de hasta cinco. No es una crisis ni un aviso apocalíptico, sino la consecuencia lógica de un hito fascinante: vivimos más y mejor, con una expectativa de vida en alza. La contrapartida es la caída estrepitosa de la natalidad, que empuja a más del 70% del planeta a funcionar por debajo de la tasa de reemplazo de 2,1 hijos por mujer.
Las causas combinan transformaciones sociales, acceso a la salud, cambios culturales en las metas personales y una brecha económica que posterga o descarta la paternidad. En las últimas décadas, la baja fecundidad dejó de ser una rareza de Europa o Japón para instalarse con fuerza en gigantes como China e India, y en países populosos de nuestra región.
Las secuelas cruzan todos los frentes: sistemas previsionales tensionados, presión sobre la salud pública y mercados laborales con menos relevo generacional. Sin embargo, no todo es sombrío. La experiencia de los adultos mayores abre la puerta al envejecimiento activo, la reconversión laboral, el voluntariado y la economía plateada.
¿Y por casa cómo andamos? Argentina no es la excepción. El país experimenta el descenso de fecundidad más vertiginoso de su historia reciente: la tasa cayó de 2,3 hijos por mujer en 2014 a cerca de 1,2 en la actualidad, con un número de nacimientos que se redujo casi a la mitad en apenas una década. Aunque históricamente envejeció de forma más pausada que los países europeos, el país aceleró el paso y se alinea con la corriente mundial, con proyecciones que prevén un escenario donde los mayores superarán en número a los más jóvenes para la próxima década.
Lo que viene serán ciudades que cambian las plazas de juegos por parques con profesores de taichí, tecnología pensada para letras gigantes y recitales donde la platea sentada se agota antes que el campo. El consumo virará fuerte hacia el bienestar, los viajes de pausa y la formación continua. Con sociedades donde peinar canas será la norma, quizás reinventemos el ritmo de vida: menos frenesí productivo y mucha más pausa para disfrutar la sobremesa.
Afrontar esta transformación exige dejar de mirar la longevidad como una carga presupuestaria y empezar a gestionarla como una verdadera oportunidad social.
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