Si algo ha demostrado Donald Trump a lo largo de su carrera es que no se lleva bien con quedar fuera del centro de atención. El presidente de Estados Unidos reaccionó con visible molestia al enterarse de que el comité internacional decidió otorgar el Premio Nobel de la Paz a la jurista sudafricana Navi Pillay. Fiel a su estilo directo y sin pelos en la lengua, el mandatario prefirió evitar las felicitaciones diplomáticas de rutina y volcarse de lleno a despotricar por la decisión. Para él no hay rodeos ni medias tintas: el tribunal que otorga la distinción está tomado por un grupo de extremistas ideológicos que destruyeron para siempre el prestigio del reconocimiento internacional más famoso del planeta.

Lo que verdaderamente llama la atención es la impresionante contabilidad de méritos que el líder estadounidense sacó a relucir para justificar por qué ese trofeo debía terminar en sus manos. En sus cuentas personales, la lista de medallas acumuladas roza lo épico. Asegura haberle puesto punto final a 8 guerras en tiempo récord y afirma estar a punto de destrabar otros 2 conflictos de gran escala. Por si eso fuera poco, se adjudicó la liberación de la totalidad de los rehenes israelíes en Gaza, incluidos los últimos 28 capturados, la repatriación de cientos de prisioneros de diversas nacionalidades, la caída y captura del dictador venezolano Nicolás Maduro, y el bloqueo definitivo del programa nuclear de Irán. Con semejante historial resumido en un par de oraciones, el mandatario dejó picando una pregunta cargada de sarcasmo: ¿qué más tiene que hacer un hombre para que le reconozcan el trabajo?

El berrinche no se limitó a un par de quejas en internet. Con cierta picardía, dijo que en su vida había oído hablar de la ganadora, aunque le envió felicitaciones irónicas. Pero el enojo pasó rápido de las palabras a la acción política concreta. Poco después del anuncio, el gobierno norteamericano anunció sanciones financieras contra la Corte Penal Internacional en La Haya, una institución donde la galardonada tuvo un rol destacado. El mensaje enviado desde la Casa Blanca fue tajante y sin rodeos: o el tribunal frena sus resoluciones controversiales o Estados Unidos se encargará de asfixiarlo económicamente.

Mientras tanto, analistas internacionales no salen de su asombro ante semejante despliegue de ego. Quienes conocen los pasillos diplomáticos recuerdan que las ambiciones de expansión territorial sobre Groenlandia, la mano dura con la inmigración y los constantes choques con el multilateralismo nunca encajaron con la filosofía del premio. Aun así, Trump sigue convencido de que hay una conspiración en su contra y continúa esperando el aplauso de oro que considera que la historia le debe.

La historia demuestra que cuando más se desea un premio, más lejos se está de lograrlo.