Hay días en los que la diplomacia duerme en la rutina y otros en los que el aire del recinto se vuelve eléctrico. Lo que pasó en Nueva York perteneció sin dudas al segundo grupo. Javier Milei se subió al estrado de las Naciones Unidas, miró de frente a los representantes del mundo y, durante diecinueve minutos soltó un discurso vibrante que dejó a más de uno acomodándose en el asiento. Sin el casete habitual que suele reinar en esos pasillos, el presidente argentino agarró la Causa Malvinas, la puso en el centro del mapa y la usó como un mazo para pegarle a la burocracia internacional donde más le duele.
Su planteo fue directo al hueso. ¿De qué sirve aprobar papeles y resoluciones bonitas si después nadie las hace cumplir? Hace cincuenta años que la Asamblea aprobó la famosa resolución 3149, esa que les pide a las partes que no metan mano ni hagan cambios unilaterales mientras la discusión por la soberanía siga abierta. ¿Y qué pasó en el medio? Nada. O peor que nada: Gran Bretaña siguió haciendo de las suyas en el Atlántico Sur, repartiendo licencias de pesca y buscando petróleo como si las resoluciones de la ONU fueran simples papelitos para guardar en un cajón junta mugre. Milei lo dijo sin vueltas: cuando una institución no logra que su palabra pese en la realidad, pierde lo único que la mantiene en pie, que es su autoridad.
Pero la historia en Nueva York venía con una rosca previa bastante picante. Días antes, Donald Trump había metido la cuchara en el asunto diciendo que la Casa Blanca podía llegar a revisar su histórica postura de neutralidad sobre el conflicto de las islas. En Buenos Aires a más de uno se le aceleró el corazón con la idea de un guiño de semejante calibre. Sin embargo, el juego duró muy poco. Fue una jugada de póquer pura y dura: Washington usó el tema de Malvinas simplemente para apretar a Londres y obligarlo a poner más plata en su presupuesto de defensa dentro de la OTAN. En cuanto los británicos se sentaron a solas con los norteamericanos, salieron a ratificar lo de siempre, que la autodeterminación de los isleños no se toca y que se quedan en las islas pase lo que pase. Nos usaron de palanca para una negociación ajena, ni más ni menos.
Ante semejante panorama, la respuesta argentina en el recinto no se quedó en el lamento. Se desarmó punto por punto el verso británico del derecho a decidir de los habitantes de las islas. Milei recordó algo que en el derecho internacional se sabe de sobra: el principio de libre determinación no corre acá porque la población de las islas fue implantada por la potencia ocupante tras echar a las autoridades argentinas en 1833. Entre notas de desaliento a las petroleras, sanciones a las empresas invasoras y el proyecto de Ley de Defensa de la Soberanía Nacional, el país dejó en claro que la vía pacífica y el diálogo siguen siendo el único camino posible. Pero el mensaje de fondo retumbó fuerte: la soberanía no se negocia y la paciencia argentina ante la inacción de los organismos globales tiene un límite.
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en opinar!