Todavía siento en el cuerpo el nudo en la garganta de aquel 30 de octubre de 1983, el día en que la historia de la Argentina barrió con el terror y decidió empezar de nuevo. Venimos de arrastrar más de siete años oscuros, largos y crueles bajo la dictadura militar, donde la palabra "libertad" era un peligro y el miedo nos caminaba en silencio por la espalda.

Pero esa madrugada dominical amaneció distinta; el aire olía a esperanza, a una necesidad imperiosa y colectiva de volver a creer.

Hacer la fila en la escuela fue un ritual sagrado y emocionado, un acto de fe donde cada sobre depositado en la urna era un grito ahogado que por fin salía a la luz.

Nadie se quejaba de las horas de espera bajo el sol; mirábamos los rostros ajenos y nos reconocíamos hermanos en el mismo anhelo de paz y justicia.

Cuando los cómputos comenzaron a consagrar la victoria de Raúl Alfonsín, la ciudad estalló en un estruendo incontenible de bocinas, abrazos y lágrimas que ya no querían ocultarse.

Las calles se convirtieron en un río desbordado de gente marchando hacia el centro, agitando banderas argentinas improvisadas, con la certeza absoluta de que estábamos curando una herida profunda.

En el centro de esa marea popular gigante, la figura de Alfonsín se alzó como el faro moral que supo convocar a la concordia cívica sin odios ni rencores estériles. Él entendió como nadie que el país necesitaba sanar, convocar a la Constitución y devolverle la dignidad avasallada a cada ciudadano.

Cada frase suya resonaba como una promesa sagrada, un pacto civilizatorio indestructible que nos devolvía el orgullo de habitar esta tierra.

Y allí quedó grabada para siempre en la memoria de la Patria aquella definición inmensa que nos prometía un destino luminoso: la "democracia para siempre".

Hoy, a 43 años de aquella gesta inolvidable, cierro los ojos y vuelvo a ser ese joven que lloraba abrazado a un desconocido en la vereda, sabiendo que habíamos recuperado la vida.