El caso generó dolor, conmoción y preocupación entre los residentes. Pero también volvió a poner sobre la mesa un dato que no es menor: según pudo saber este medio, el perro involucrado ya había protagonizado otros episodios y existían antecedentes de denuncias por fugas y ataques a personas y otros animales.
La pregunta, entonces, ya no es solamente qué ocurrió aquel día.
La pregunta es: ¿qué se hizo antes para evitar que ocurriera?
Y ahí aparece un actor central en esta historia: AVN, la Asociación Vecinal Nordelta.
Nordelta construyó buena parte de su identidad alrededor de la seguridad. Cámaras, guardias, controles de acceso y tecnología forman parte de un sistema pensado para que quienes viven allí puedan sentirse protegidos.
Pero la seguridad no debería reducirse a impedir que alguien ingrese desde afuera.
También significa poder salir de la propia casa y caminar por el barrio sin temor. Poder pasear una mascota. Poder circular por los espacios comunes. Poder sentirse seguro dentro del lugar que uno eligió para vivir.
Y hay además una pregunta que empieza a adquirir mayor relevancia a medida que Nordelta continúa creciendo.
El proyecto se expande, se construyen nuevos sectores, llegan nuevos vecinos y aumenta permanentemente la cantidad de personas y animales que viven y circulan dentro de este enorme complejo residencial.
¿Puede la estructura de control y prevención crecer al mismo ritmo que Nordelta?
Porque cuanto más grande es una comunidad, mayor es también el desafío de controlar el cumplimiento de las normas de convivencia y detectar a tiempo situaciones que puedan representar un riesgo.
En este caso, según los antecedentes que pudo conocer este medio, no se estaría hablando de un hecho completamente imprevisible.
Si existían denuncias anteriores y episodios de ataques o fugas, la pregunta deja de ser solamente qué responsabilidad tiene el propietario del animal.
La pregunta también es: ¿qué hicieron quienes tienen a su cargo la convivencia y la seguridad dentro de Nordelta?
¿Se recibieron denuncias?
¿Se verificaron esos antecedentes?
¿Se intimó al propietario?
¿Se aplicaron sanciones?
¿Se establecieron medidas preventivas?
¿Se realizó un seguimiento del caso?
¿Quién debía intervenir frente a reiteradas fugas o ataques?
Son preguntas que merecen respuestas.
Porque si un riesgo es conocido y no se toman medidas suficientes para evitarlo, entonces la prevención falla.
Y la prevención también es seguridad.
No se trata de responsabilizar a AVN por el comportamiento de un animal ni de quitar responsabilidad al propietario. Se trata de determinar qué mecanismos existen dentro de Nordelta para detectar, controlar y actuar frente a situaciones que pueden poner en riesgo a otros vecinos.
La seguridad también se mide en esas situaciones cotidianas que muchas veces no aparecen en las estadísticas: una persona que sale a caminar, un chico que juega en la calle, una familia que pasea a su mascota.
El caso de Los Alisos vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que incomoda, pero que necesita una respuesta:
Si había antecedentes, ¿qué hizo AVN para evitar que el próximo ataque ocurriera?
Porque vivir en un barrio cerrado no debería significar solamente estar protegido de quienes vienen de afuera.
También debería significar sentirse seguro adentro.
Y mientras Nordelta continúa creciendo y expandiéndose, la pregunta es inevitable:
¿Está creciendo también su capacidad para garantizar esa seguridad?
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