Pasaron casi tres años de gestión y buena parte de aquellas dogmáticas promesas de campaña terminaron irremediablemente desintegradas al chocar con la realidad del ejercicio del poder. La dolarización absoluta, que funcionó como el gran emblema movilizador para convencer a millones de argentinos defraudados por la política tradicional, nunca llegó a concretarse.El Banco Central, ese organismo técnico que según la narrativa oficial iba a ser incendiado y destruido para terminar definitivamente con la emisión de moneda sin respaldo, no solo sigue operando plenamente sino que, lejos de desaparecer, el propio Gobierno acaba de impulsar una reforma de su Carta Orgánica para adecuarlo a sus necesidades operativas.La promocionada motosierra, vendida como la herramienta de precisión que caería de manera implacable únicamente sobre los privilegios de la casta, tampoco alcanzó a todos por igual.Y aquella promesa tajante de terminar con las mañas de la vieja política terminó conviviendo de forma natural con dirigentes, estructuras y prácticas del pasado que el propio Javier Milei decía venir a combatir con vehemencia.
El problema de fondo no reside únicamente en el hecho de que un dirigente decida cambiar de opinión frente al escenario real de la administración. En el marco de un sistema democrático saludable, revisar una decisión o modificar el rumbo de una política pública puede resultar una actitud legítima cuando los hechos demuestran que la propuesta original era lisa y llanamente equivocada.El verdadero problema ético y político radica en haber construido toda una identidad pública alrededor de dogmas intransigentes, promesas absolutas y consignas irrenunciables, para después pretender que la sociedad naturalice amnésicamente que esas promesas jamás existieron.
Mientras las explicaciones teóricas y las acrobacias discursivas se acumulan en los despachos oficiales, la Argentina real sigue esperando soluciones concretas para su subsistencia diaria. Detrás de la fría celebración de los balances contables y de los números de la macroeconomía, existen familias de carne y hueso que llegan con extremada dificultad a fin de mes, trabajadores cuyos ingresos resultan insuficientes para cubrir la canasta básica, comerciantes de barrio que ven caer sus ventas día tras día, pequeñas y medianas empresas que ya no encuentran margen para sostener sus estructuras productivas y sectores industriales enteros que pierden su competitividad histórica.Los datos emitidos por los propios organismos oficiales son contundentes e insoslayables: muestran una contracción interanual sistemática en las ventas de supermercados, autoservicios mayoristas y centros de compras.La desocupación se consolida en niveles preocupantes del 7,8%, y mediciones independientes registran el cierre de más de 30.000 empresas en todo el país, golpeando directamente la columna vertebral del comercio y la industria nacional.
Es innegable que la inflación ha mostrado una desaceleración respecto de los niveles dramáticos heredados de 2023 y que la economía exhibe algunos signos puntuales de orden fiscal. Sin embargo, la tarea primordial de gobernar una nación no puede reducirse a una mera planilla de cálculos ni consistir exclusivamente en ordenar las cuentas financieras del Estado. El desafío central e insustituible de cualquier política pública con sentido humano es lograr que ese equilibrio fiscal se transforme de manera efectiva en bienestar tangible, en creación de empleo formal, en incentivos a la inversión productiva y en oportunidades reales de desarrollo para cada habitante.
La Argentina necesita sin lugar a dudas estabilidad monetaria, previsibilidad y un Estado eficiente que no despilfarre sus recursos. Pero también necesita con urgencia promover su industria, cuidar a sus PyMEs, defender el mercado interno, garantizar educación de excelencia, fomentar la ciencia e infraestructura, y construir instituciones fuertes que garanticen la división de poderes, la transparencia y la República.Esa es la verdadera agenda del futuro: una alternativa democrática, moderna y de centro que supere la falsa polarización y vuelva a poner las necesidades cotidianas de los ciudadanos en el centro de las prioridades.
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