El sector privado le marcó la cancha al Gobierno nacional en un terreno sensible: el respeto institucional y la libertad de prensa. A través de un duro comunicado titulado "Promover un debate público basado en el respeto y la responsabilidad", el Instituto para el Desarrollo Empresarial Argentino (IDEA) cuestionó abiertamente los ataques recientes de Javier Milei hacia los trabajadores de prensa. Los líderes empresariales recordaron que la estabilidad democrática y el clima necesario para el desarrollo económico exigen tolerancia, diálogo y una responsabilidad cívica proporcional al cargo que se ejerce.
La controversia estalló tras un acto de la Fundación Faro, donde el mandatario festejó su sobreseimiento en la causa $LIBRA y apuntó directamente contra los cronistas que investigaron el caso. Citando de forma desmedida al economista Adam Smith, Milei lanzó que "los que se tienen que quemar en la hoguera son los hdp", nombrando directamente a varios profesionales de la comunicación.
El impacto de las declaraciones resonó de lleno en la memoria viva del país. Gladys Cabezas levantó la voz para recordar que, en una nación conmovida por el asesinato y posterior incendio del cuerpo de su hermano en 1997 por hacer su trabajo, hablar de quemar periodistas no es un recurso retórico inocente. Sin buscar la confrontación ni banderas políticas, advirtió que los exabruptos desde la cima del poder reactivan dolores que nunca terminan de cerrar y pidió defender el ejercicio libre del periodismo antes de que cualquier violencia pase de la palabra a los hechos.
La onda de rechazo sumó además a partidos de todo el arco político. Dirigentes del PRO y la UCR manifestaron su disconformidad. La propia Patricia Bullrich marcó una clara distancia con las expresiones del jefe de Estado, advirtiendo que sugerir que se debe "quemar" a la prensa representa un límite inquebrantable en una democracia moderna y sólida. La Academia Nacional de Periodismo y el Colegio Público de la Abogacía se acoplaron a las críticas, catalogando el episodio como una forma inadmisible de violencia verbal e institucional.
En un país que conoce de cerca los abismos de la violencia y la intolerancia, las palabras de quienes conducen el Estado cobran una dimensión trascendental. La libertad para disentir no es un privilegio del poder, sino la garantía fundamental del ciudadano de a pie. La construcción del futuro argentino requiere desarmar las trincheras del odio y comprender que la diferencia de ideas no convierte al otro en un enemigo a exterminar. El único camino sensato para un desarrollo sostenible y pacífico sigue siendo la convivencia, la empatía y la palabra respetuosa por sobre el fuego.
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