El dirigente Flávio Bolsonaro abandonó Brasil rumbo a Estados Unidos. Su marcha se concretó tras la categórica derrota electoral sufrida en las urnas. Lejos de aceptar el veredicto popular, optó por una huida desesperada. 

El clan ultraderechista reedita así los oscuros manuales de evasión judicial. La maniobra comenzó cuando el Supremo Tribunal Federal le exigió el pasaporte.

La Justicia le impuso un plazo estricto de veinticuatro horas para entregarlos. Lejos de someterse a la ley, el senador ignoró deliberadamente la directiva. Incumplió el plazo oficial y demostró su desprecio por las instituciones. Ante este grave desacato, la Policía Federal procedió a cancelar sus documentos.

La medida buscaba impedir que el excandidato evadiera las investigaciones vigentes. 

Sin embargo, el operativo institucional llegó tarde frente a la maniobra furtiva. Fuentes cercanas confirmaron que el político ya cruzó las fronteras del país.

Su destino final es el estado de Florida, refugio habitual de su entorno. Esta conducta ratifica la profunda impronta antidemocrática de su espacio político.

Flávio prefirió eludir la acción de la justicia antes que dar explicaciones. 

El fantasma de la impunidad vuelve a sacudir la frágil estabilidad regional. Su huida recuerda los pasos dados por su propio padre. 

El expresidente ya había utilizado el mismo método para eludir responsabilidades. La sombra del blanqueo de capitales y graves causas acechan su futuro. 

Las autoridades brasileñas analizan ahora pedir la captura internacional inmediata. 

La fuga expone la cobardía de quienes pregonan orden pero huyen. El pueblo brasileño observa indignado cómo se burla el Estado de derecho. Estados Unidos se convierte una vez más en guarida de prófugos políticos. 

La democracia en Brasil demuestra fortaleza al cercar a los infractores. Ningún ciudadano, por más poder que ostente, debería evadir la justicia. La historia juzgará esta huida como un acto de absoluta cobardía.