Parece que la historia argentina no solo es un círculo vicioso, sino que además tiene un sentido del humor bastante retorcido y repetitivo. Javier Milei, el hombre que prometió dinamitar todo lo establecido y librarnos del pasado, ha tropezado con la misma piedra que tanto criticó: la obsesión patológica por controlar lo que dicen los periodistas. En un giro digno de una novela de realismo mágico, el Presidente ha descubierto que la prensa, esa que él mismo consumía como analista, ahora le produce un sarpullido nervioso muy similar al que padecía Cristina Kirchner. Si la expresidenta veía conspiraciones en cada titular, Milei ha decidido pasar a la acción quirúrgica, impulsando un proyecto que busca clasificar a los trabajadores de prensa como Personas Expuestas Políticamente (PEP).
Es una ironía deliciosa que el libertario más desregulado del mundo quiera, de repente, convertirse en el máximo auditor de la vida privada ajena. Bajo su nueva lógica, la libertad de expresión es un valor supremo, siempre y cuando venga acompañada de una prolija declaración jurada. Parece que, para el jefe de Estado, si uno no tiene nada que ocultar, la transparencia sobre sus cuentas personales debería ser un placer y no una molestia. Es fascinante ver cómo, para desmantelar las supuestas "trabas bolivarianas" de la herencia K, el gobierno propone convertir a los cronistas en sujetos de fiscalización tan vigilados como cualquier secretario de Estado.
En este ajedrez de poder, donde los pasillos de Casa Rosada murmuran sobre la urgencia de auditar al mensajero, surge una pregunta que flota con la fuerza de un interrogante existencial: ¿qué pasará con Manuel Adorni? El actual Jefe de Gabinete, que supo navegar los estudios de radio y televisión como periodista antes de vestir el traje de la comunicación oficial, debería ser el primero en dar el ejemplo. Sería un gesto de coherencia inigualable que el exportavoz, otrora colega de micrófonos y redacciones, exhibiera sus cuentas ante el escrutinio público para inaugurar esta era de transparencia total. Sin embargo, en un despliegue de discreción que ya empieza a generar sospechas, la declaración jurada de Adorni brilla por su ausencia; parece que el celo fiscalizador tiene un límite bastante claro cuando llega a la puerta de su propia oficina.
Mientras el equipo legal del Presidente ajusta los detalles de este proyecto que promete incendiar el Congreso, nos queda la incómoda sensación de que, independientemente del color político, la relación entre el poder y la prensa sigue siendo un romance trágico que siempre termina en la misma comisaría. Milei, en su desesperado afán por diferenciarse de "la casta" y del kirchnerismo, ha logrado, paradójicamente, emular el instinto más antiguo y básico de nuestra política: si el mensaje no me gusta, intento silenciar o, al menos, auditar al mensajero. Al final del día, parece que el manual de instrucciones para lidiar con la prensa es el mismo, sin importar si el que lo lee usa una banda presidencial o un saco de economista libertario. La pregunta es si esta nueva burocracia realmente busca transparencia o si, simplemente, se trata de una herramienta más para apretar las clavijas cuando el periodismo se atreve a preguntar algo que el poder prefiere callar.
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