Cuando quienes deben transmitir calma frente a la crisis eligen irse al pasto, la investidura presidencial queda seriamente lastimada.

Nos acostumbramos a vivir en estado de ebullición. La política argentina siempre fue ruidosa, pasional y, muchas veces, áspera. Sin embargo, hay momentos donde el ruido cruza una frontera peligrosa y se convierte en pura violencia verbal. Lo que ocurrió en las redes sociales no es una anécdota más del folklore tuitero. Es una radiografía brutal de cómo se está degradando la máxima autoridad de nuestro país.

Todo detonó por algo tan habitual como una columna de fin de semana. Marcelo Bonelli publicó en Clarín una información que circulaba fuerte en la city porteña. Según el periodista, el ministro de Economía, Luis Caputo, les confesó a varios banqueros que analizaba medidas para destrabar la parálisis económica, pero que Javier Milei le frenaba el impulso. Era un análisis político, una filtración de pasillo, algo que los funcionarios de alto rango leen absolutamente todos los días.

La reacción natural de un gobierno profesional frente a un dato incorrecto es la desmentida formal. Un comunicado de prensa, una aclaración con cifras o, simplemente, el silencio táctico. Pero Luis Caputo decidió bajar al barro. Tomó su celular, fotografió el artículo y lo subió a la red social X calificándolo como "fantasías de viernes". Esa actitud ya resulta extraña para un hombre que debe negociar con el Fondo Monetario Internacional y llevar tranquilidad a los mercados. Un ministro de Economía no puede comportarse como un provocador digital.

Pero lo verdaderamente grave vino después. Como si necesitara defender a su ministro, o quizás desbordado por su propia intolerancia a la mirada ajena, el Presidente de la Nación decidió intervenir. Lejos de aportar sensatez, Milei avaló a Caputo y disparó un nivel de agresividad que hiela la sangre. "Para sorpresa de casi nadie la MIERDA HUMANA MAL CAGADA @bonelliok mintiendo", escribió a la vista de todo el mundo. Sí, el jefe de Estado apeló a la escatología pura para humillar a un trabajador de prensa.

Detengámonos a pensar en esto con frialdad. Estamos hablando del hombre que conduce los destinos de cuarenta y siete millones de argentinos. La presidencia exige una altura superlativa. Demanda temple, educación, respeto por las instituciones y, sobre todo, una tolerancia de acero frente a la crítica. Quien se sienta en el sillón de Rivadavia tiene que ser el faro de la cordura en medio de la tormenta. Pero acá vemos todo lo contrario. Se van al pasto. Pierden los estribos por una nota periodística y deciden usar todo el peso del Estado para aplastar a una voz disidente.

La sociedad mira esto con una mezcla de estupor y cansancio. Nos exigen sacrificios enormes en medio de un ajuste feroz, nos piden paciencia para llegar a fin de mes, pero desde la cúpula del poder nos devuelven berrinches y agravios de barricada. Un país no sale adelante si sus líderes cambian la grandeza republicana por el exabrupto constante. Necesitamos dirigentes que estén a la altura del cargo que ostentan, no funcionarios iracundos que no soportan leer algo que les incomoda.