A ver, muchachos, pónganse de pie. Apaguen los celulares, dejen el café de lado y respiren hondo. Lo que vimos anoche   en este debut mundialista no pertenece a este planeta. No hay leyes de la física, de la biología ni de la cordura que puedan explicar lo que hace este tipo. Lionel Andrés Messi El pibe  que desafía al almanaque con la misma facilidad con la que gambetea rivales. Anoche, contra Argelia, cuando las papas quemaban en el estreno de una nueva ilusión, el tipo agarró la varita mágica, se calzó la capa de superhéroe y metió los tres goles de la Selección para un triunfo que nos deja el corazón latiendo a mil por hora.

Hablemos en serio por un segundo: ¿de qué planeta viniste, marciano? No es una metáfora, ya me convencí de que en Rosario no nació. A este tipo lo bajaron de una nave espacial en 1987 con el único propósito de hacernos felices con una pelota en los pies. Los manuales del fútbol te dicen que a los 38 años estás para el torneo senior, para jugar con amigos los fines de semana o para regular los noventa minutos desde el círculo central. Pero claro, Leo no leyó ese manual porque en su galaxia se manejan otros códigos. Físicamente impecable, mentalmente tres jugadas adelantado al resto de la humanidad. El tipo corre con los hilos del partido en la mano.

La obra de arte de anoche es solo un capítulo más de una enciclopedia dorada que ya no tiene espacio para más gloria. Repasemos los números, porque cuando la locura se mezcla con los datos, lo de Messi roza lo ridículo. Con este triplete colosal, el tipo sigue inflando una cifra de goles que asusta a cualquiera. Estamos hablando de un animal que superó la barrera de los 850 goles oficiales en su carrera. ¡Ochocientos cincuenta! Hay clubes enteros con cien años de historia que no gritaron esa cantidad de goles. Y el tipo los hizo solo, con esa zurda que tendría que estar declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Verlo celebrar con esa sonrisa de pibe, con el puño apretado y los ojos apuntando al cielo, te desarma por completo. Es el mismo chico que la rompía en Grandoli, pero con el peso de la historia grande sobre sus espaldas.

El partido de hoy venía chivo. Los argelinos metidos atrás, pegando cuando hacía falta y cerrando los caminos. El murallón parecía impenetrable para cualquiera, menos para el dueño de la llave del fútbol. El primer gol fue una genialidad de su sello: enganche de la derecha hacia el centro, tres defensores que pasan de largo buscando el documento y un remate sutil, al palo más lejano, inalcanzable. El segundo, una avivada de potrero puro, cazando un rebote en el área con el olfato de los elegidos. Y el tercero... mamita querida, el tercero fue para cerrar el estadio. Un tiro  que viajó con la precisión de un cirujano espacial para clavarse abajo, como decía el gordo Muñoz, en el “rincón de las ánimas”. Tres goles. Tres caricias al alma de un país entero que late al ritmo de sus botines.

Lo más hermoso de este pibe es que no se cansa de ganar. Ya levantó el trofeo más lindo del mundo en Qatar, ya conquistó América, ya tiene las vitrinas explotadas de Balones de Oro, y sin embargo, acá está. En pleno 2026, con el mismo hambre de gloria que un pibe que recién arranca en las inferiores. Es una bendición absoluta ser contemporáneos de este monstruo. Algún día nos va a faltar y el fútbol va a volver a ser un deporte terrenal, aburrido, lleno de tácticas y pizarrón, pero, nos queda la esperanza del famoso dicho árabe, “si algo pasa una vez (Maradona), puede que pase dos (Messi), pero si pasa dos, seguro pasa tres, ¿cómo se llamará?. ¿De dónde vendrá?

Mientras tanto, disfrutemos de este viaje interplanetario. Gracias por existir, Leo. Gracias por otra noche de magia pura. 

(NdlR) Esta nota sobre Messi puede que se haya escrito hace 20 años, hace 15, 5, o simplemente hace un rato cuando Leo hacía exactamente las mismas cosas que nos emocionan siempre.