Hay personajes que llegan al poder prometiendo transparencia y terminan convirtiendo las instituciones en su cortijo personal. Gianni Infantino, el burócrata suizo-italiano que hoy comanda los destinos de la FIFA, es el rostro más acabado de la decadencia dirigencial del deporte mundial. Bajo su mandato, el organismo rector del fútbol global ha dejado de ser una entidad asociativa para parecerse peligrosamente a una corporación financiera opaca, verticalista y obsesionada con la monetización de cada segundo de emoción popular. Lo que hoy padece el fútbol argentino —con sanciones draconianas, persecuciones ideológicas y un alineamiento obsceno de la dirigencia vernácula— no es más que el reflejo de un sistema putrefacto donde Infantino ejerce como un monarca absolutista que cobra favores y castiga rebeldías.
La reciente andanada de castigos impuesta por la Comisión Disciplinaria de la FIFA contra la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) destapa una olla de doble moral, persecución y saña institucional que lleva la firma inconfundible de Zurich. Entre los puntos más escandalosos de este fallo kafkiano se encuentra la multa económica aplicada a la AFA por la exhibición de la bandera "Las Malvinas son Argentinas", desplegada por los jugadores tras el histórico triunfo frente a Inglaterra en el Mundial. Para Infantino y sus secuaces, recordar la soberanía sobre un archipiélago usurpado constituye una inaceptable "manifestación de índole distinta a la deportiva", violando el sagrado artículo 13 de un Código Disciplinario que parece redactado por censores británicos. Multar a un país por honrar a sus héroes de guerra y a su causa nacional es una afrenta directa a la sensibilidad popular, un acto de cobardía institucional que busca limar la identidad de los pueblos que no se doblegan ante los escritorios europeos y mucho menos frente a PIRATAS.
Pero la saña no se detiene en los símbolos patrios; también se ensaña con el sudor del campo de juego a través de castigos de una desproporción inusitada. El caso más paradigmático es la monstruosa sanción aplicada a Leandro Paredes, quien recibió diez partidos de suspensión tras la final contra España, un castigo que raya el ensañamiento y pulveriza cualquier antecedente de proporcionalidad deportiva, equiparando al volante de Boca Juniors con los peores infractores históricos del deporte. Es un mensaje mafioso: al que protesta, al que marca el terreno con carácter, al que no baja la cabeza ante el poder central, se lo destruye deportivamente. A esto se le suman las suspensiones a Nahuel Molina y al ayudante de campo Roberto Ayala, configurando un combo de castigos diseñado quirúrgicamente para debilitar la estructura competitiva de la selección campeona del mundo.
Detrás de este ensañamiento punitivo se esconde un proyecto mucho más oscuro y peligroso: la mercantilización total del fútbol global. Infantino acaricia desde hace tiempo la obsesión de privatizar el Mundial, entregando los derechos, el formato y la esencia misma del torneo a fondos de inversión privados y capitales golondrina que ven a la pelota como un mero activo financiero. Este plan imperialista de vaciamiento popular ha encendido las alarmas en todo el planeta. Confederaciones enteras como la UEFA, la CONCACAF y bloques de Asia y África se han plantado firmemente en contra de este remate de la historia del fútbol.
¿Quiénes son los únicos que avalan semejante entrega? Los socios del ajuste y de la connivencia: la CONMEBOL comandada por el paraguayo Alejandro Domínguez y, en un rol lamentable de alcahuete funcional, Claudio "Chiqui" Tapia. El mandamás de la AFA, lejos de defender los intereses del fútbol argentino frente a los atropellos de Zúrich, actúa como un "amigo de la casa" de Infantino, arrodillándose ante el poder suizo a cambio de protección política personal, mientras traga saliva y acepta en silencio multas, cierres parciales de estadios y suspensiones aberrantes a sus futbolistas. Es una traición cotidiana a los clubes y a los hinchas: mientras Tapia se saca fotos sonrientes con el mandamás de la FIFA en los cócteles de lujo, el fútbol argentino es castigado en los tribunales disciplinarios por recordar a sus caídos en Malvinas o por protestar en una cancha.
La historia de Infantino está salpicada, además, por sombras indelebles que la prensa global ha denunciado sistemáticamente. Ya desde sus tiempos como director de servicios jurídicos de la UEFA, las filtraciones de los Panama Papers revelaron cómo firmó contratos de derechos televisivos con empresas fantasma vinculadas a personajes posteriormente imputados por corrupción. Lejos de rendir cuentas claras, su respuesta ha sido siempre el blindaje mediático, la negativa sistemática y el uso de la estructura de la FIFA para garantizar su permanencia en el poder, perpetuándose en el cargo al límite absoluto de los estatutos mediante una diplomacia del soborno y el reparto de cupos mundialistas a federaciones minúsculas que garantizan su reelección a mano alzada.
Infantino es la encarnación perfecta del tecnócrata cínico: aquel que habla de inclusión mientras blinda a los poderosos, que sonríe en los palcos VIP mientras desangra la pasión popular y que utiliza el aparato disciplinario de la FIFA como una herramienta de castigo contra aquellos que osan desafiar su hegemonía. La Argentina del fútbol, la de los hinchas que hacen malabares para llenar una tribuna, la de los jugadores que dejan el alma en cada pelota, no puede ni debe tolerar la complicidad de sus dirigentes con este sátrapa de guante blanco. La soberanía deportiva y territorial no se negocia en los despachos de Zurich, y la memoria de Malvinas vale mucho más que todas las chequeras juntas con las que Infantino pretende comprar el futuro de la pelota. Ah Infantino, Chiqui...LAS MALVINAS, FUERON, SON Y SERÁN ARGENTINAS, y recuerden siempre esto, a los traidores, ni piedad.
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