El Coloquio de IDEA dejó al descubierto dos miradas distintas sobre el momento que atraviesa la economía argentina. Por un lado, la convicción del Gobierno de acelerar el rumbo a toda marcha. Por el otro, la cautela de un empresariado que apoya el orden fiscal, pero frena sus grandes inversiones a la espera de ver qué pasará en las elecciones presidenciales de 2027.
La participación del Presidente Milei marcó el tono del encuentro. Conectado de forma remota desde París, donde encabeza la gira de la Argentina Week, el mandatario le habló a los ejecutivos con un mensaje contundente: las próximas elecciones serán definitorias entre la prosperidad y la decadencia. Defendió su programa, sostuvo que la mayoría del país apoya el cambio y prometió que, si logra consolidar la fuerza propia en el Congreso, en seis meses la Argentina será irreconocible gracias a la aceleración de reformas laborales, previsionales y tributarias. Además, responsabilizó a la oposición y a los intentos de desestabilización por la demora en bajar más rápido la inflación, mientras pidió paciencia al recordar que el crecimiento económico demanda tiempo.
En los pasillos, sin embargo, el clima empresarial mostró otros matices. Si bien los ejecutivos valoran el equilibrio fiscal y el freno a la inflación, admiten que la realidad de sus sectores va más lenta de lo esperado. La suba imprevista de la morosidad crediticia, el consumo masivo estancado y el reajuste a la baja en la producción industrial marcan que la recuperación real todavía no se siente en la calle al ritmo que promete el Gobierno.
El centro de la preocupación privada está puesto en las presidenciales de 2027. Para los dueños del capital, esos comicios son la verdadera prueba de fuego. Necesitan saber si el modelo actual se consolidará con el tiempo o si el país volverá a dar un vuelco político. En las charlas reservadas conviven dos temores: el regreso de alternativas de la oposición y el "riesgo de la gestión", que implica que el dogmatismo oficial le gane al pragmatismo para resolver los problemas de la economía diaria.
Las empresas reclaman dos cosas concretas: que bajen los impuestos para poder competir y que haya consensos políticos de largo plazo. Mientras el Poder Ejecutivo les exige que pongan primera con los desembolsos, los ejecutivos prefieren ir despacio y atar sus grandes proyectos de inversión a la certeza de un escenario político estable.
El foro cerró así con un diagnóstico claro: los empresarios aplauden el equilibrio de las cuentas públicas, pero no van a arriesgar su capital hasta no tener claro cómo se resolverá el mapa político en las urnas.
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