La industria argentina atraviesa su hora más crítica bajo un cambio de paradigma económico que ha transformado la estructura productiva del país desde que asumió Milei.

Según el último relevamiento del Observatorio de Industriales Pymes Argentinos (IPA), el sector fabril ha perdido 79.672 puestos de trabajo registrados desde el inicio de la gestión libertaria, consolidándose como el principal epicentro de la destrucción del empleo formal. Lo que comenzó como una retracción preventiva se ha convertido en una hemorragia sistémica: al inicio de 2026, la industria explica el 97% de las bajas laborales de toda la economía, una cifra que refleja el colapso del modelo de valor agregado frente a una creciente primarización extractivista.

El cierre definitivo de 2.993 unidades productivas desde diciembre de 2023 no es un dato aislado, sino el resultado de un "efecto pinza" letal. Por un lado, la apreciación cambiaria y el alza de costos en pesos han pulverizado la competitividad externa; por otro, la apertura de importaciones somete a las pymes a una lucha desigual en un mercado interno devastado. Con una caída de la actividad del 8,7% interanual y ocho meses de contracción ininterrumpida, el entramado pyme ha agotado su capacidad de resistencia. Daniel Rosato, titular de IPA, advierte que: “ la Argentina ha resignado su desarrollo integral para favorecer sectores primarios que no logran absorber la mano de obra calificada que hoy queda a la deriva”.

La crisis social se profundiza en las góndolas y en los hogares. Con un consumo que retrocede un 3,1% y un 52% de los argentinos que ya no llega a fin de mes, el endeudamiento para subsistir se ha vuelto la norma. Según la consultora Delfos, el 43% de los trabajadores busca actualmente un segundo empleo, no por falta de ocupación, sino por la insuficiencia de salarios que ya no cubren el costo de vida. Mientras las fábricas desaparecen, la crisis amenaza con convertirse en una decadencia permanente.