En los oscuros y sigilosos pasillos de la política criolla, donde las lealtades se miden por conveniencia y los tapados largos son moneda corriente, un viejo operador de esos que cargan décadas de rosca a sus espaldas —dueño de un currículum cargado de sillones importantes y siempre, incondicionalmente, operando para las huestes del justicialismo—, acaba de activar la mesa de entrada de un nuevo operativo clamor. Con la habilidad de un tahúr que conoce cada carta marcada del mazo, este titiritero sin nombre oficial ha puesto en marcha una negociación tan silenciosa como explosiva: mudar a la provincia de Buenos Aires a uno de los activos más preciados de la Capital Federal, el diputado y legislador Leandro Santoro.
La lectura que hacen en reserva los estrategas del PJ no admite grises. Por un lado, las fichas y los sondeos en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires dan la contienda por altamente cuesta arriba y la derrota como un escenario asegurado frente a la hegemonía amarilla. Por el otro, al evaluar el mapa bonaerense, ven en Santoro una figura competitiva, con un nivel de conocimiento interesante y una imagen que, si bien enfrenta el desafío de un distrito infinito y complejo, cuenta con el volumen necesario para dar pelea en los pagos de la provincia más poblada del país.
Sin embargo, en este juego de espejos y especulaciones, el destino opera con ironía fina. Como diría el entrañable "Chavo del 8", la jugada se hace "sin querer queriendo" y termina beneficiando de manera directa a Jorge Macri. Al mover sus piezas y armar las valijas del distrito porteño hacia el conurbano, el peronismo le quita al oficialismo de la Ciudad a su principal candidato, ese rival incómodo que supo polarizar con dureza en las urnas.
Haciendo un repaso por el historial de batallas, el derrotero electoral de Santoro en la CABA acumula reveses innegables frente al PRO: perdió la pulseada por la Jefatura de Gobierno en 2023, donde incluso debió resignar el balotaje, y tampoco pudo alzarse con la victoria en las sucesivas paradas legislativas, quedando sistemáticamente relegado al segundo lugar. Llevarlo ahora a la provincia de Buenos Aires implica un salto al vacío con sabor a prueba de fuego. En territorio bonaerense, su nivel de conocimiento masivo todavía se está construyendo y la imagen que los vecinos del conurbano tienen de él oscila entre la expectativa de renovación progresista y la resistencia lógica de un electorado que suele blindarse con referentes pura sangre del conurbano profundo.
Mientras el veterano armador del justicialismo ajusta los detalles de la mudanza en reuniones nocturnas de café, los correligionarios y socios de coalición miran desconcertados. Se llevan a un dirigente versátil que intenta combinar retórica radical con pragmatismo peronista, pero le dejan el camino despejado al PRO en su propio bastión histórico. Un negocio redondo para unos, un dolor de cabeza para otros y, sobre todo, una muestra cabal de que en la política argentina los atajos siempre cuestan caros.
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