El calendario marca 2026 y la provincia de Buenos Aires se ha convertido en el mausoleo de una gestión inexistente. Axel Kicillof, el otrora "niño mimado" de la ideología estéril, hoy deambula por los pasillos de La Plata como el mariscal de la derrota, gestionando un territorio quebrado mientras se desangra en una interna de facciones que solo busca decidir quién se queda con las llaves de un búnker vacío.
La imagen de la decadencia tiene una dirección física: San José 1111. Allí, Cristina Kirchner, quien porta su tobillera electrónica como el sello indeleble de su culpabilidad por robo al Estado, intenta ejercer un poder monárquico que ya no tiene súbditos, sino cómplices espantados. La ruptura total entre ella y Kicillof, sellada aquel 1 de octubre de 2025 en ese departamento donde cumple su condena de prisión domiciliaria, no es un debate de ideas; es el divorcio de dos responsables del desastre que ya no pueden sostenerse la mirada.
Siete meses de silencio absoluto confirman que el proyecto "nacional y popular" fue siempre un proyecto personalista de impunidad. Mientras la jefa, condenada por delincuente, digiere su encierro, el gobernador se hunde en una gestión bonaerense que es un catálogo de fallas: inseguridad desatada, escuelas que son depósitos y una presión impositiva asfixiante para financiar una militancia que ya no lo defiende.
En su delirio de control, Cristina Kirchner —insistimos, presa y con tobillera por haberle robado al pueblo— insiste con Sergio Massa como su carta para 2027. Es el cinismo elevado a la enésima potencia. Hablamos del hombre que, como Ministro de Economía, nos dejó al borde del abismo:
Una inflación que galopó por encima del 200%, pulverizando salarios.
Una brecha cambiaria demencial que llegó a superar el 150%, paralizando la producción y ayudando a sus amigos a ganar fortunas, porque, mientras la gente estaba encerrada por la pandemia, la brecha se disparo, y no se podía comprar dólares, salvo que fueras protegido de Massa, entonces, se compraba barato y se vendía caro, la brecha.
El uso del Estado como una caja de campaña personal, dejando una bomba de deuda y emisión que todavía hoy intentamos desactivar.
Si el plan de la condenada no es Massa, es su hijo Máximo. El heredero de una fortuna que no puede explicar y líder de una Cámpora que se ha convertido en una agencia de colocación de empleo estatal. La relación entre Máximo y Kicillof se terminó esa noche en el Hotel Grand Brizo; se culpan mutuamente de la derrota, incapaces de entender que la gente se hartó de su modelo de exclusión y pobreza.
Desde 2003, con la llegada de Néstor Kirchner, el peronismo instaló una máxima autoritaria: "o gobernamos nosotros, o no gobierna nadie". Su ADN es golpista. Lo intentaron con Mauricio Macri, a quien le tiraron catorce toneladas de piedras y miles de palos en la rueda, aunque él logró romper la maldición y terminar su mandato.
Hoy, ese mismo aparato de obstrucción se vuelca contra Javier Milei. No toleran la democracia si no les pertenece. El daño residual del kirchnerismo no es solo económico; es moral. Destruyeron la cultura del trabajo, se robaron las vacunas, se robaron la obra pública y ahora, con su máxima referente cumpliendo condena por ladrona, pretenden dar lecciones de ética política.
La provincia de Buenos Aires es el rehén de esta guerra de egos. Kicillof es la cara visible de un fracaso administrativo sin precedentes; Massa es el rostro de la mayor estafa económica reciente; y los Kirchner son los dueños de una marca registrada de corrupción. El país ya no les cree. La tobillera de Cristina no es solo un dispositivo de vigilancia, es el símbolo del fin de una era donde el robo se disfrazaba de épica. El peronismo ya no tiene respuestas, solo tiene causas judiciales y rencores internos. El daño está hecho, pero la sociedad finalmente ha decidido dejar de ser su cómplice.
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