La política argentina, ese escenario de sombras donde la corrupción parece haberse naturalizado como un impuesto más al costo de vida, ha entrado en una fase nueva y peligrosa: la era de la subestimación absoluta. Manuel Adorni, el hombre encargado de coordinar la arquitectura del Estado, ha protagonizado un episodio que, lejos de ser un mero desliz administrativo, representa una bofetada directa a la fe pública.
La cuestión de su Declaración Jurada de bienes ya no es solo una pesquisa sobre el enriquecimiento o la transparencia patrimonial. La trama de las supuestas criptomonedas encontradas en un "archivo electrónico" y la mágica aparición de un pendrive que, cual oráculo digital, salvó las inconsistencias de su presentación, se inscribe en la antología del absurdo.
Intentar convencer a un país, (que ha visto pasar décadas de cajas fuertes en conventos y bolsos revoleados), que la tecnología "se tragó" o "reveló" activos de la nada, es una apuesta arriesgada.
Aquí radica el punto de quiebre. El argentino, en su estoica resignación, ha aprendido a convivir con la sospecha. Existe una suerte de cinismo sociológico donde el votante, hastiado por la herencia kirchnerista, termina aceptando la corrupción como un vicio casi endémico de la casta, una herida que, aunque duele, se tolera a regañadientes. Pero hay un límite infranqueable que Adorni ha decidido cruzar: la frontera de la dignidad. El argentino puede perdonar el robo, puede incluso tolerar la opacidad patrimonial, pero lo que jamás, bajo ninguna circunstancia, perdonará es que lo tomen por boludo. Tratar al ciudadano como a un ingenuo que cree en cuentos de hadas sobre pendrives salvadores es el pecado capital que condena a cualquier funcionario al ostracismo moral.
Más grave aún es el blindaje que recibe desde la cúspide del poder. La defensa férrea del Presidente Milei hacia su Jefe de Gabinete no es una muestra de lealtad, sino un acto de complicidad que distorsiona la naturaleza misma de la gestión. Institucionalmente, el Jefe de Gabinete debería ser el escudo que recibe los impactos para proteger al Presidente, el fusible que salta cuando la tensión social se vuelve insostenible. Sin embargo, estamos asistiendo a un fenómeno inédito: el Presidente se ha convertido en el fusible de su propio ministro. Cada vez que Milei sale a validar estas explicaciones inverosímiles, no solo agota su propio capital político, sino que arrastra la investidura presidencial hacia el barro de la justificación constante.
El daño ya está hecho. Cuando el relato se vuelve más importante que la verdad, y cuando la soberbia de un funcionario lo lleva a construir fábulas tecnológicas para ocultar la opacidad, la legitimidad se evapora. La sociedad, que aún observa con cautela, ha tomado nota. Adorni debe entender que si bien el argentino está acostumbrado a lidiar con funcionarios sospechados, no está dispuesto a aceptar que lo traten como a un niño en edad preescolar. La paciencia se agota, y cuando un pueblo siente que su inteligencia es el blanco de la burla, la política deja de ser un debate de ideas para convertirse en un ajuste de cuentas.
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en opinar!