Hay derrotas que duelen en las entrañas, que quiebran la voz y dejan un silencio espeso en el pecho. Perder una final del mundo por uno a cero ante una potencia como España duelen, es innegable. Pero cuando el silbato final decreta el cierre del sueño dorado, lo que queda flotando en el aire no es el vacío del fracaso, sino la abrumadora certeza de haber presenciado algo inolvidable. Esta Selección Argentina de Fútbol no perdió la gloria; se agigantó en la trinchera. No hay nada para reprochar, absolutamente nada. Solo queda ponerse de pie y aplaudir hasta que las manos duelan.
Repasemos el peso de su grandeza para entender de dónde vienen y por qué son inmortales. Este grupo es heredero directo de una estirpe dorada, la misma que conquistó para nuestro país tres Copas del Mundo (1978, 1986 y 2022), quince Copas América (la última en 2024), y dos medallas de oro olímpicas (2004 y 2008, podríamos tener 5 en la camiseta como hace Uruguay que si asfaltan los baches de la 18 de julio se ponen una medalla más, o los de Mechico que no tienen ni historia en el futbol y es tanta la envidia que tienen que odian, cuando su máxima estrella es Roberto Gomez Bolaños, que no se de que juega), además de la Copa FIFA Confederaciones y la Finalissima. Sumar un subcampeonato mundial en este ciclo no hace más que revalidar que esta camiseta se defiende con el alma en cada rincón del planeta.
Esta Selección demostró una postura inquebrantable en la cancha y ante la vida. Supieron superar todo tipo de adversidades, levantando una y otra vez partidos imposibles a base de pura enjundia, amor propio y carácter indomable. No se armó un equipo para que brillara el mejor de todos —el inigualable Lionel Messi—, sino que se construyó una estructura colectiva para que él estuviera cómodo, sabiendo que sus gladiadores iban a dejar la vida para defenderlo y cuidarlo en cada metro verde.
En esa guardia pretoriana destacan con luz propia los Peaky Blinders de Messi, el Cuti Romero y Licha Martínez, intimidantes, impasibles, auténticos leones custodiriando el fondo; Leandro Paredes y Rodrigo De Paul, el motor incansable, el corazón latiendo a mil revoluciones, dueños absolutos de la marca y de la manija emocional del equipo. A su lado, la finura y el fútbol exquisito de Alexis Mac Allister y Enzo Fernández, clarificando cada salida. Y arriba, la voracidad y los goles letales de Lautaro Martínez y Julián Álvarez, dos depredadores del área que corrían cada pelota como si fuera la última de sus vidas. Atrás, custodiando los palos, el Dibu Martínez, consolidado sin discusión entre los dos mejores arqueros del planeta, dueño de una jerarquía gigante.
Párrafo aparte merece el arquitecto de este milagro cotidiano, Lionel Scaloni y su cuerpo técnico. Un ejemplo indiscutible de equilibrio, sensatez y humildad descarnada. Ojalá sigan guiando este barco por siempre, porque su legado ya trasciende cualquier resultado táctico.
Duele la derrota, sí. Pero duele mucho más no reconocer el valor de estos colores defendidos con tanta hidalguía. Quedense tranquilos, mañana habrá 10 imbeciles que los van a criticar, siempre los mismos, los que estan por desaparecer definitivamente, lo que odian todo aquello que no piensa como ellos, sin darse cuenta que solo esos 10 tarados piensan como ellos, Los Brancatelli de la vida, los Mussolini o como se llame esa tal Julia de la radio
Gracias por la entrega, muchachos. Nos hicieron sentir, una vez más, el orgullo más profundo de ser argentinos.
GRACIAS ETERNAS Y PARA SIEMPRE SELECCIÓN
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