A las apuradas, entre el frío implacable del invierno y la inevitable distracción de la temporada mundialista, la Casa Rosada intenta desesperadamente romper el hielo con el interior del país. La gestión libertaria entendió, quizás un poco tarde, que no puede seguir gobernando en absoluta soledad si pretende consolidar su modelo en el Congreso. Por eso, el flamante jefe de Gabinete, Diego Santilli, se cargó la mochila al hombro para encauzar una relación con las provincias que venía crujiendo peligrosamente debido a la falta de fondos, los desplantes y el ninguneo político acumulado. Este 9 de julio en Tucumán aparece en el horizonte como el escenario ideal para una foto de familia que simule paz, aunque detrás de escena los cuchillos sigan perfectamente afilados.

Los gobernadores no andan con vueltas ni diplomacias de manual: necesitan plata, y la necesitan ayer. La parálisis total de la obra pública y el violento recorte de las transferencias discrecionales tienen a las arcas provinciales al borde de la asfixia. Sin embargo, en el despacho de Santilli, donde el PRO juega su carta más fuerte como el gran articulador y bombero del poder central, la respuesta ante el ruego financiero de los mandatarios locales es de un pragmatismo brutal: "Hay caja si hay votos". La prioridad número uno en el Congreso es el polémico proyecto de Zonas Frías, una jugada con la que el oficialismo busca recortar de cuajo los subsidios al gas en varias regiones del mapa para volver al esquema previo a 2021. La medida golpea de lleno al bolsillo de los ciudadanos del centro del país, pero el Gobierno está dispuesto a avanzar a cualquier costo, confiando ciegamente en repetir las alianzas que ya aceitó en la Cámara de Diputados.

Sin embargo, el verdadero trasfondo de este tenso tire y afloje no es meramente fiscal ni busca el equilibrio de las cuentas públicas; es puramente electoral y responde a la obsesión absoluta de Javier Milei por asegurar su reelección. En la mesa chica que lidera Karina Milei, el plan para perpetuarse en el poder exige un requisito indispensable: borrar del mapa las PASO o, en el peor de los escenarios, vaciarlas por completo de contenido para debilitar a la oposición. Para seducir a un radicalismo y a un PRO que se resisten a perder una herramienta clave de ordenamiento interno, el oficialismo sacó de la galera un viejo truco de la política tradicional: las listas colectoras.

La gran pregunta técnica que hoy desvela a los pasillos del Congreso es si este polémico invento es realmente compatible con la Boleta Única de Papel (BUP), la flamante joya del sistema electoral argentino. La respuesta de los expertos y de la oposición es un "no" rotundo. La esencia de la colectora tradicional radica en el "efecto arrastre", ese fenómeno mecánico de la vieja boleta sábana donde el votante metía todo el paquete en el sobre. Con la BUP, ese truco de magia se rompió para siempre: ahora el elector debe marcar con una cruz casillero por casillero, categoría por categoría. No hay arrastre posible. Ante esta encrucijada, en La Libertad Avanza empezaron a usar el eufemismo de "símil colectoras" o "adhesiones", una pirueta discursiva para intentar que los partidos provinciales peguen sus listas locales a la boleta de Milei, buscando colgarse de un caudal electoral presidencial cuyo verdadero peso real en las urnas todavía está por verse.

Mientras la Casa Rosada intenta emparchar las leyes para asfixiar a los partidos chicos y blindar su propia estructura de cara al futuro, los gobernadores miden cada paso con desconfianza. Saben perfectamente que el Gobierno arriesga su gobernabilidad y que la llave del Congreso la tienen ellos. Bajo el cielo tucumano se dará la cumbre donde los discursos oficiales hablarán de independencia, pero donde la verdadera rosca de pasillo cotizará en transferencias urgentes, subsidios al gas y la eterna ambición de poder.