Querido Lio:
Hoy no quiero hablarte de fútbol.
No quiero hablar de goles, de camisetas, de finales, de Copas ni de ninguna de esas cosas que durante tantos años hicieron que millones de argentinos nos sintiéramos un poco más felices gracias a vos y te amaramos como lo hacemos.
Hoy quiero hablarte como se le habla a un amigo.
Como se le habla a alguien que está sufriendo.
Porque antes que Messi está Leo. Y antes que el campeón, antes que el ídolo, antes que el hombre que aprendimos a admirar desde una cancha, está el hijo. Ese hijo que, como todos nosotros, alguna vez necesitó que su papá estuviera ahí.
Y cuando un padre se va, hay algo que cambia para siempre.
Porque uno puede tener cuarenta, cincuenta, sesenta años. Puede haber construido una familia, una carrera, una vida entera. Puede haber ganado todo lo que soñó. Pero cuando pierde a su papá vuelve a ser, de alguna manera, aquel chico que buscaba su mirada entre la gente.El chico que quería contarle algo. El chico que necesitaba escuchar una palabra.
El chico que sabía que, pasara lo que pasara, había alguien que había estado desde el principio.
Y en tu historia, Leo, tu papá no fue solamente tu papá. Fue también parte de ese camino inmenso que te llevó desde Rosario hasta lo más alto del mundo. Estuvo cuando había sueños enormes y certezas pequeñas. Cuando había que acompañar, insistir, ayudar, sostener y creer.
Por eso hoy no importa el fútbol.
No importa si mañana hay un partido. No importa una estadística, un campeonato, un récord ni una camiseta.
Hoy no sos Messi.
Hoy sos simplemente un hijo que extraña a su papá.
Y quiero que sepas algo: en este momento no estás solo.
Hay millones de argentinos que, aunque nunca hayan podido sentarse a tu lado, quieren abrazarte. Personas que quizá jamás conociste, pero que sienten que de alguna manera formaste parte de sus propias vidas.
Nos diste tantas alegrías que, si pudiéramos, hoy querríamos devolverte aunque fuera una pequeña parte de todo ese cariño.
Ojalá puedas llorar todo lo que necesites.
Ojalá puedas abrazar fuerte a tu familia.
Ojalá puedas recordar cada consejo, cada mirada, cada momento compartido.
Y cuando duela demasiado, recordá que el amor no desaparece cuando alguien se va. Cambia de lugar. Se queda en las historias, en las costumbres, en las palabras que uno repite sin darse cuenta, en las decisiones que toma y hasta en esa voz interior que, alguna vez, aprendió a decirte: “Seguí”.
No hay Mundial que importe hoy.
No hay pelota que alcance para explicar este dolor.
Hoy solo queremos decirte, Leo, que Argentina está con vos.
Descansá. Llorá. Abrazá. Recordá.
El mundo puede esperar.
Hoy, simplemente, sé hijo.
Y quedate con algo que nadie puede quitarte: todo lo que tu papá hizo para que llegaras hasta acá también vive en vos.
Un abrazo enorme, Leo.
De esos que no necesitan palabras.
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