Ni el arranque del Mundial de fútbol, con toda su maquinaria de distracción de masas, logró anestesiar el escándalo que quema las manos en Balcarce 50. Mientras la pelota empieza a rodar, en los pasillos de la Casa Rosada la única frecuencia que se sintoniza es la de la crisis interna. La declaración jurada de Manuel Adorni, presentada con un calculado timing de trasnoche, no apagó el fuego; al contrario, le echó nafta. La explicación de los 200.000 dólares ganados en criptomonedas chocó de frente con su propio archivo digital, dejándolo expuesto ante una opinión pública que empieza a perder la paciencia y, lo que es peor para él, ante los tribunales de Comodoro Py. Hoy, la pregunta que carcome al oficialismo ya no es si Adorni mintió, sino qué hacer con él.
Las opciones sobre la mesa son pocas y todas dolorosas. La primera alternativa, la que imponen con fórceps Javier y Karina Milei, es la del blindaje absoluto. Para los hermanos, entregar a Adorni es mostrar debilidad, un pecado mortal en la liturgia libertaria. Sin embargo, este camino erosiona diariamente la autoridad de un gabinete exhausto. La segunda opción es el sacrificio: dejar que el jefe de Gabinete caiga, una salida que el ala dura de los "karinistas" empieza a ver con simpatía para limpiar la agenda antes de que empiece la campaña electoral del año próximo. La tercera vía es la del desgaste controlado, que tiene su prueba de fuego el próximo 2 de julio, cuando Adorni deba presentarse en el Senado a rendir su informe de gestión. Enviarlo al Congreso es someterlo a un pelotón de fusilamiento opositor, pero algunos estrategas creen que podría funcionar como un pararrayos para desviar la atención de las urgencias económicas.
Esta parálisis tiene al gabinete quebrado en dos. De un lado están los incondicionales del Presidente y los diputados más ideologizados que tuitean consignas de apoyo. Del otro, una mayoría silenciosa de ministros y funcionarios de carrera que sienten que están pagando un costo político ajeno. Nadie, salvo el círculo íntimo del poder, está dispuesto a poner las manos en el fuego por un patrimonio que no pueden explicar.
En este tablero, el PRO juega un papel tan incómodo como decisivo. Mauricio Macri y sus legisladores observan el naufragio con una mezcla de distancia higiénica y cálculo táctico. Patricia Bullrich ya marcó la cancha adentro de la mesa política al calificar la situación de Adorni como una "omisión ética". Para el PRO, sostener a un jefe de Gabinete sospechado de fraude y salpicado por los contratos de la empresa de su esposa, es cruzar una línea roja que contradice su histórica bandera de la transparencia institucional. Los amarillos no van a salir a salvar al soldado Adorni; prefieren dejar que el desgaste lo haga el peronismo en el Congreso, cobrándose cara cada futura votación a cambio de gobernabilidad.
Mientras tanto, en la Casa Rosada el ambiente es de un agobio insostenible. El hermetismo presidencial se resquebraja ante las preguntas de los mozos de los bares linderos y la presión de un Congreso que amenaza con la interpelación. Con las PASO en la mira y el PJ oliendo sangre, la permanencia de Adorni ya no es un problema de comunicación, sino una crisis de supervivencia política que el Gobierno no sabe cómo resolver.
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