La historia constitucional de la democracia argentina desde 1983 arrastra una maldición casi ininterrumpida: el sillón de la vicepresidencia parece fabricado para incubar la traición, el recelo y la guerra sorda contra el inquilino principal de la Casa Rosada. Salvo la prudente y leal excepción de Víctor Martínez junto a Raúl Alfonsín, el casillero de los segundos mandatarios es un tendal de peleas escandalosas. Eduardo Duhalde y Carlos Ruckauf usaron el cargo como trampolín ante Carlos Menem; Carlos "Chacho" Álvarez dinamitó por dentro a la Alianza antes de renunciar y dejar al al país en una crisis muy profunda que terminó con la renuncia del presidente De la Rúa y el maldito diciembre de 2001 donde hubo muchos muertos, heridos y 5 presidentes uno mas cagon y desquiciado que otros, hasta que, el que siempre había querido ser presidente, lo fue, no mediante votos populares, Eduardo Duhalde, si, el del 3 a 1 del dólar el de la famosa frase con la cual despues se sonó los mocos “el que depositó dólares recibirá dólares” y no recibieron ni pesos
Los cortocircuitos marcaron a fuego el vínculo entre Néstor Kirchner y Daniel Scioli, a quien el santacruceño miraba con desconfianza por su perfil dialoguista.
Pero el podio del cinismo político se profundizó con los años. Cristina Fernández de Kirchner protagonizó los capítulos más densos de esta patología de poder. Primero, con Julio Cobos, cuyo histórico y desgarrador "voto no positivo" en 2008 quebró al kirchnerismo en plena guerra contra el campo.
Años más tarde, Cristina, sufrió en carne propia la deslealtad al apañar a Amado Boudou, aguantándolo hasta que la realidad le estalló en la cara y debió asumir que su delfín operaba negocios turbios a sus espaldas en el tristemente célebre caso Ciccone, la fabrica de hacer billetes, negocio que era de Nestor Kirchner y despues de su muerte Boudou lo tomo como propio sin decir palabra alguna a Cristina. La saga continuó con su autocrático e imperativo sometimiento hacia Alberto Fernández, a quien ella misma encumbró para terminar demoliéndolo a insultos públicos y desplantes sistemáticos desde el llano de su propio instituto.
Hoy, ese manual del oportunismo y la venganza suma su temporada más baja con el enfrentamiento abierto entre Javier Milei y su vicepresidenta, Victoria Villarruel. La interna expuso una escalada de exabruptos inaceptables, donde el Presidente avala descalificaciones cruzadas que la tildan de "traidora" y demagoga, mientras la titular del Senado retruca con dureza, acusando al mandatario de vivir en una realidad paralela dominada por "persecuciones imaginarias" y de reproducir "insensateces e inventos" a través de su tropa digital.
Sin embargo, detrás de las cortinas de humo ideológicas, el corazón de esta trama no responde a debates de doctrina, sino a un especulativo y mezquino ajuste de cuentas. Tanto Cristina Fernández de Kirchner como Victoria Villarruel acarician la idea fija de postularse a próximas candidaturas presidenciales con una absoluta falta de pudor político. Saben perfectamente que no les alcanza para ganar: las encuestas más impiadosas revelan que Cristina no supera el techo del 10% de los votos y Villarruel apenas roza el 8%.
No compiten por vocación de servicio ni por convicción patriótica; lo hacen por puro despecho, movidas por el rencor del poder perdido y por la desesperada necesidad de llamar la atención de un electorado que empieza a ignorarlas. Sus postulaciones no son otra cosa que actos de maldad maquiavélica, ideados con la única y fría intención de pulverizar los casilleros de sus contrincantes directos. Cristina busca asfixiar y vaciar de caudal a Axel Kicillof, mientras Villarruel apunta a degollar el capital electoral de Javier Milei. En un escenario electoral tan finito y reñido, funcionalmente actúan como dinamiteras de su propio espacio, dispuestas a quemar el país con tal de alimentar sus mezquinos rencores personales.
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