El clima en la Casa Rosada estaba raro la mañana del miércoles. De esos días en los que el frío porteño parece colarse sin permiso por las paredes del Salón Héroes de Malvinas. Había que dar vuelta la página rápido. La escandalosa salida de Manuel Adorni de la Jefatura de Gabinete, acorralado por investigaciones de la Justicia, había dejado un ambiente pesado, casi irrespirable puertas adentro. Y ahí estaban, entre tazas de café humeante y medialunas para apaciguar la helada, los diputados y senadores de La Libertad Avanza. Karina Milei, siempre al mando de la botonera fina, armó esta cumbre totalmente hermética. La intención era clara: bajar línea, ordenar a la tropa herida y mostrar que el gobierno todavía tiene la sartén por el mango.
Pero las cosas como son. Javier Milei sabe perfectamente que con actitud no alcanza. Durante su turno al micrófono, el Presidente habló largo y tendido. Fiel a su estilo, metió metáforas sobre la Guerra de Troya y explico por qué hay que animarse a hacer "lo incorrecto" si se quiere lograr la eficiencia económica. Y entre toda esa cátedra teórica, soltó la bomba política del día. Ya no habla de cerrar o dinamitar el Banco Central, esa vieja promesa que encendía motosierras en la campaña. Ahora la jugada es mucho más terrenal: junto a los equipos de Economía y Desregulación, van por una modificación profunda de la Carta Orgánica del BCRA. El objetivo de máxima es enterrar la matriz que ideó la ex presidenta de la entidad, Mercedes Marcó del Pont, a la cual acusan de ser puramente populista y de haberle abierto la puerta grande a la emisión descontrolada.
Karina también agarró el micrófono y dejó en claro que las prioridades de esta etapa están definidas: reforma política urgente, cambios en el régimen de zonas frías y avanzar con el proyecto de inocencia fiscal. Hasta ahí, todo suena a un plan de gobierno sólido y ambicioso para la precampaña electoral que se avecina.
Sin embargo, hay un elefante gigante en la sala del que se habla bajito pero que todos miran de reojo. Los números en el Congreso simplemente no dan. Y es justo acá donde el bloque de legisladores del PRO deja de ser un simple acompañante de lujo para convertirse en el verdadero dueño de la llave maestra.
Los diputados y senadores amarillos tienen en sus manos el destino de esta nueva ofensiva libertaria. Diego Santilli, el flamante jefe de Gabinete que saltó desde Interior para apagar el incendio que dejó Adorni, lo entiende mejor que nadie. El "Colo" ya activó su modo negociador. Está tejiendo alianzas contrarreloj con gobernadores aliados porque sabe que, sin el músculo político del PRO, la eliminación de las PASO y la embestida contra el Central son apenas un sueño de invierno.
En el oficialismo respiran porque ya no tienen que pedirle a la oposición que le tenga piedad a Adorni frente a las interpelaciones. Ese dolor de cabeza se fue. Pero ahora el verdadero desafío de Santilli es convencer al macrismo de poner el cuerpo en batallas legislativas que van a ser durísimas. Por eso, desde las filas libertarias ya empezaron a ceder. Barajan habilitar listas colectoras para contener al partido amarillo y aceptaron tratar la "Ficha Limpia" por separado, una exigencia innegociable de los radicales. Patricia Bullrich, hoy senadora, fue un claro reflejo de esta dinámica acelerada: tuvo que irse antes de terminar el desayuno porque la esperaba la vital comisión de Acuerdos.
Al final del día, el mensaje institucional buscó inyectar optimismo. Se mostraron seguros, afirmando que la gran mayoría de los sectores económicos están rebotando. Pero la realidad legislativa no se rige por encuestas ni por metáforas épicas. Si Milei quiere realmente resetear su gobierno, asfixiar el armado opositor quitando las primarias y blindar su proyecto económico, necesita mucho más que los aplausos de sus propios leales. Necesita, de manera vital y excluyente, que el PRO se ponga la camiseta del proyecto. Sin ellos en el recinto, las grandes reformas libertarias corren el serio riesgo de quedarse a mitad de camino.
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