En el tablero geopolítico global, la sangre vertida en el Atlántico Sur parece haber encontrado un valor de cambio. Cuarenta y cuatro años después de que los cañones callaran en las frías turbas de Puerto Argentino, el destino y la soberanía de las Islas Malvinas vuelven a entrar en la trinchera, pero esta vez no por un despliegue de tropas, sino por una extorsión presupuestaria gestada en los pasillos del Pentágono.
La revelación británica sacudió a las diplomacias de medio mundo: la Casa Blanca está dispuesta a dinamitar la histórica y táctica alianza diplomática con Londres sobre Las Malvinas si el primer ministro Andy Burnham no afloja la billetera para financiar la llamada "OTAN 3.0". En criollo: o el Reino Unido gasta el 5% de su Producto Bruto Interno en armamento militar, o Washington le suelta la mano en el reclamo por las islas y abre la puerta a reconocer las aspiraciones de la Argentina.
Para entender el calibre del chantaje, hay que hacer memoria. Estados Unidos jamás fue neutral en la causa Malvinas. Aunque de la boca para afuera en 1982 el Departamento de Estado pregonaba una postura mediadora, entre bambalinas el gobierno de Ronald Reagan fue el verdadero motor logístico de la victoria británica.
Mientras los soldados argentinos defendieron la patria con el alma helada y el corazón en la mano, Washington le entregaba a Margaret Thatcher combustible en la base de la Isla Ascensión, inteligencia satelital clave para ubicar a las fuerzas argentinas y los mortíferos misiles Sidewinder AIM-9L, que terminaron volcando la batalla del aire a favor de la Real Fuerza Aérea británica.
A esa pinza geopolítica de 1982 se le sumó la colaboración del régimen de Augusto Pinochet desde Chile, que ofreció radares de largo alcance, espionaje de señales y bases para incursiones británicas, clavando una daga por la espalda al pueblo argentino en uno de sus momentos más oscuros. Washington y Santiago formaron el eje invisible que inclinó la balanza de una guerra injusta y desigual.
Por eso resulta tan doloroso y aberrante el juego actual del gobierno de Donald Trump. La soberanía de un territorio bañado por la memoria de 649 héroes argentinos, padres, hijos y hermanos que quedaron custodiando el suelo de Malvinas y las aguas del Sur, no puede ser una simple ficha de cambio para apretar a un aliado displicente que no quiere subir su gasto militar.
El secretario de Estado, Marco Rubio, intentó bajarle el tono a la filtración tildándola de "meras ideas internas", pero en Londres el impacto fue un terremoto. Políticos laboristas y conservadores salieron en manada a repetir el gastado libreto de "las islas son británicas y punto". Sin embargo, saben que sin el paraguas y el visto bueno de la superpotencia norteamericana, el aislamiento internacional de Gran Bretaña sobre el enclave colonial se vuelve insostenible.
Argentina, por su parte, observa el escenario con cautela. Mientras la Casa Rosada busca no festejar antes de tiempo una maniobra que responde puramente al egoísmo estratégico de Trump y no a una toma de conciencia sobre el despojo histórico y colonial de las islas.
Malvinas no es un número en una hoja de Excel del Pentágono. No es un porcentaje del PBI destinado a comprar tanques o aviones. Malvinas es el llanto de las madres de Chaco, Corrientes, Buenos Aires y el resto del país que todavía esperan a sus muchachos; es el viento sobre el cementerio de Darwin; es una causa sagrada que trasciende a los gobiernos de turno.
Washington podrá jugar al chantaje con sus socios de la OTAN y tratar de torcerle el brazo a Londres usando las islas como moneda de cambio. Pero mientras las potencias negocian y se extorsionan con el presupuesto de la guerra, en el Atlántico Sur la memoria de los caídos exige un respeto que ninguna billetera ni alianza militar les podrá arrebatar jamás.
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