Mientras el Banco Central registra un récord histórico de deudas refinanciadas, el vocero Adrián Ravier ensaya una particular clase de educación financiera para familias que hoy tarjetean para comprar comida.

Resulta que todo este tiempo estuvimos equivocados. No es que los sueldos no alcancen para cubrir la luz, el alquiler y la comida; el verdadero problema de los argentinos es que somos un poco rústicos para las finanzas personales. Nos falta finura. Nos falta esa preparación que solo se adquiere en los manuales de economía abstracta. O al menos esa es la conmovedora lectura del vocero presidencial Adrián Ravier, quien, con una soltura digna de un gurú de Wall Street, sentenció que la gente cae en la morosidad "simplemente por no saber manejar sus propios ingresos y obligaciones".

Claro, cómo no lo pensamos antes. El jubilado que financia en tres cuotas el analgésico y el paquete de fideos en el chino de la esquina no está sufriendo la licuación de su bolsillo; está transitando una saludable "curva de aprendizaje". Está experimentando con la volatilidad del mercado minorista.

La miopía  oficial choca de frente con una realidad que se palpa en las cajas de los supermercados y en los resúmenes de las tarjetas de crédito que llegan cada fin de mes con importes cada vez mas altos.Según los datos del propio Banco Central, la cantidad de préstamos renegociados se duplicó en apenas seis meses. El saldo refinanciado ya representa el 3,2% del stock total de crédito a los hogares. Para ponerlo en perspectiva, es el número más alto desde que se tiene registro, superando cómodamente las peores épocas de la pandemia.

Pero para Ravier, este estallido de cuentas en rojo es casi una señal de sanidad económica: "Creo que cuando una economía recupera el crédito es normal que aparezca de nuevo la morosidad". Es un razonamiento precioso. Es como decir que es normal que la gente se ahogue porque ahora hay más agua disponible.

La realidad en la calle es bastante menos académica. Las familias no se están endeudando para comprarse un televisor gigante o para cambiar el auto. Se están endeudando para pagar el pago mínimo de la tarjeta que usaron el mes pasado para volver a comprar comida. El plástico se convirtió en un respirador artificial. Cuando los bancos públicos salen a ofrecer planes de refinanciación a tasas más bajas y plazos largos, no están rescatando a inversores audaces que calcularon mal el riesgo de sus carteras; están intentando que la cadena de pagos de la clase media no vuele por los aires.

"Nos tenemos que adaptar", nos consuela el vocero. Adaptarse, en el lenguaje cotidiano, significa aprender a estirar el guiso, apagar la estufa y cruzar los dedos para que el plástico no rebote en la caja del súper. No hay que preocuparse: todo es parte de ese "proceso de aprendizaje" que, según el Gobierno, nos viene bárbaro tras tanto tiempo sin crédito. El único problema es que en este examen, si te va mal, no te llevás la materia a diciembre; te quedás sin comer.