La Casa Rosada se ha convertido en un hervidero de intrigas donde la lealtad y el instinto de supervivencia libran una batalla desigual. Mientras Javier Milei ensaya su mejor pose de estadista global en Los Ángeles, invitado por el Instituto Milken para explicarle al mundo cómo funciona el universo, en Buenos Aires el clima es bastante menos glamoroso. El viernes, a su regreso, le espera una reunión de Gabinete que promete ser de todo menos protocolar. El protagonista del drama no es otro que Manuel Adorni, que pasó de ser el dueño de la palabra oficial a convertirse en el silencio más costoso del Gobierno. Desde EEUU Milei defendió a su jefe de ministros asegurando que: “ni en pedo se va, no voy a ejecutar a una persona honesta”, mientras la jefa del bloque de senadores libertarios le pidió a Adorni públicamente que: “presente de inmediato su declaración jurada de bienes”.

El problema de Adorni ya no es solo judicial, sino estético. Al juez Ariel Lijo y al fiscal Gerardo Pollicita no les cierran las cuentas entre el sueldo del funcionario y los gastos en propiedades, en countries de lujo o viajes familiares que parecen financiados por una billetera sin fondo. Las revelaciones sobre pagos en efectivo, esos billetes que el relato oficial suele mirar con desconfianza cuando vienen de otros, han dejado a la gestión de Milei en una posición incómoda: la de tener que explicar lo inexplicable mientras se pregona la austeridad más absoluta.

En este tablero, Patricia Bullrich ha decidido que ya no quiere ser la espectadora silenciosa de un naufragio ajeno. La jefa del bloque de senadores de La Libertad Avanza, con esa autonomía de vuelo que tanto irrita en los pasillos de Balcarce 50, se prepara para el viernes con un fuerte reclamo a los que sostienen a Manuel Adorni. Cerca de ella dicen que "Patricia ya le dijo al Presidente lo que piensa", lo cual es un modo diplomático de decir que la paciencia se terminó. Mientras organiza giras por Chile y se saca fotos con Mauricio Macri, Bullrich deja claro que su compromiso es con el proyecto, no con los funcionarios que no pueden mostrar sus facturas. Para el entorno de la exministra, si tenés las pruebas de tu inocencia, las mostrás; esconderse tras el cierre de una sala de prensa durante once días no parece ser la táctica de quien no tiene nada que ocultar.

Sin embargo, en el rincón de los hermanos Milei, la resistencia es total. Para Javier y Karina, soltarle la mano a Adorni no es un acto de justicia, sino una claudicación. Existe esa teoría casi religiosa en el Gobierno de que si entregás una pieza al "enemigo", la siguiente cabeza en la bandeja será la del propio Presidente. Es una lógica de búnker: no importa que la imagen presidencial esté perdiendo puntos a una velocidad preocupante, lo que importa es no dar el brazo a torcer ante la "casta" mediática y judicial.

Desde el PRO, el pragmatismo y la institucionalidad son el camino. Figuras como Diego Santilli intentan calmar las aguas hablando de "datos positivos" de la economía, como quien intenta hablar del clima mientras el techo se incendia. La postura del republicanismo macrista es clara: hay que proteger y preservar la figura presidencial a toda costa, aunque esto implique tener que soltarle la mano a los funcionarios de más confianza del Presidente. El dilema es si el costo de blindar a un hombre cercado por la sospecha no terminará siendo el incendio del propio blindaje. El viernes, en la intimidad del poder, se sabrá si Milei elige seguir abrazado a su amigo o si finalmente entiende que, en política, a veces hay que soltar lastre para que el avión no se estrelle.