En un delicado equilibrio político, el PRO apuesta a exhibir orden y gestión para blindar a la Ciudad del impacto del ajuste nacional.
Ese abrazo efusivo entre Jorge Macri y Javier Milei en el Tedeum del 25 de Mayo fue mucho más que una simple foto de ocasión; se convirtió en una declaración de intenciones. Pero claro, una cosa es la sintonía fina en los despachos oficiales y otra muy distinta es caminar la calle porteña cuando el bolsillo aprieta de verdad. El jefe de Gobierno de la Ciudad se paró frente a la plana mayor del empresariado argentino en el exclusivo Congreso del IAEF y no anduvo con vueltas: bancó a muerte el rumbo macroeconómico del Gobierno nacional, pero encendió una baliza de alerta que en la Casa Rosada no deberían pasar por alto. La luna de miel libertaria choca de frente con una recesión que en los grandes centros urbanos ya se siente, y bastante.
Los números que Macri tiró sobre la mesa de los financistas son de esos que te dejan pensando. La recaudación de Ingresos Brutos en la Ciudad se desplomó cerca de un 10% en mayo si lo comparamos con el año pasado. Para el ciudadano de a pie, esto se traduce rápido: los negocios venden menos, cuesta mantener las persianas arriba y el consumo está, en palabras del propio alcalde, "tenso y complejo". Y hay un dato todavía más crudo que ilustra esta realidad cotidiana. En apenas dos años, la demanda en los hospitales públicos porteños pegó un salto brutal del 30%. Es la radiografía perfecta de una clase media que hoy hace malabares para llegar a fin de mes y termina golpeando la puerta del Estado buscando ese paraguas que la medicina prepaga ya no le puede sostener.
Acá es justamente donde la política entra en juego y aparece, de forma ineludible, la figura de Mauricio Macri. El expresidente y líder natural del PRO viene jugando un ajedrez delicadísimo en la escena nacional. Su estrategia es clara: apoyar el cambio rotundo que propone Milei, pero marcando la cancha para no quedar pegados si el ajuste asfixia demasiado a su histórica base electoral. Jorge Macri es hoy el ejecutor perfecto de esa partitura en la trinchera más importante que retiene el partido. Por eso, cuando opina sobre los cortocircuitos internos o comunicados pidiendo más atención a la realidad diaria, él aclara rápido que no buscan pegarle al Gobierno. Los logros macro de Milei y Toto Caputo son innegables, asegura, pero el alivio tiene que empezar a sentirse en la calle. Para empujar eso, adelantó que el Banco Ciudad ya está cocinando créditos para desahogar a las familias ahogadas por las deudas.
Mirando hacia las próximas elecciones, el panorama parece un campo minado. En la Argentina, un mes es un siglo, así que proyectar alianzas o quiebres hoy es pura ciencia ficción. Jorge sabe perfectamente que su mayor capital político de cara a las urnas no está en las roscas de pasillo ni en peleas mediáticas, sino en mostrar gestión dura y pura. Por eso, ante los hombres de finanzas, sacó chapa de administrador. Presumió una colocación de deuda histórica a una tasa bajísima del 7,3%, la rápida adhesión al flamante RIGI para pescar inversiones millonarias y un paquete de simplificación de trámites para destrabar al sector privado.
Les mostró a los ejecutivos una Ciudad que resiste como el último refugio del orden. Habló de las propiedades usurpadas que lograron recuperar, del fin de los piquetes que nos volvían locos a todos y de cómo esa seguridad trae plata fresca, recordando las 600 mil personas que vibraron con Colapinto en Palermo. El mensaje fue transparente: nosotros acompañamos el enorme esfuerzo nacional, pero acá te damos la previsibilidad que el país todavía está construyendo a los ponchazos. Las elecciones siempre tienen la última palabra, pero por ahora, el macrismo porteño elige caminar por la cornisa, apostando sus fichas a que la gestión local logre amortiguar los golpes del experimento libertario.
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