Con una clase magistral de coraje y una genialidad eterna de Messi, la Selección se metió en la final tras remontar un partido imposible con el sello inconfundible de nuestra identidad.

Disculpen, lectores, pero hay cosas que debo empezar diciendo. En 48 años de profesión, es la primera vez que empiezo a escribir una nota llorando. Las manos me tiemblan sobre el teclado, no de viejo, sino de emoción pura, de esa que te agarra el pecho y no te suelta, la misma que hace que el aire falte en el pecho cuando uno ve lucir la camiseta argentina con semejante honor. Lo que vivimos hoy no fue un partido de fútbol; fue un acto de reafirmación nacional, una lección de hombría de bien y de orgullo inquebrantable.

Inglaterra, con todo su aparato, con su arrogancia histórica y su mezquindad táctica, vino a esconderse. Qué cobardía la del director técnico y sus futbolistas, que se metieron todos a defender debajo de su propio arco, rezando para mantener ese 1 a 0 que consiguieron por un accidente del destino, esperando que el tiempo se consumiera como quien esconde la basura bajo la alfombra. Pensaron que con eso alcanzaba, que el peso de su historia nos iba a doblegar. Que bobos son, fueron y serán. No entendieron que contra Argentina no se juega, contra Argentina se batalla, y cuando el orgullo de este grupo se despierta, no hay trinchera que aguante.

El segundo tiempo fue una sinfonía de dominio absoluto. Argentina los arrinconó, los sometió y, para decirlo sin vueltas, los cagó a pelotazos. Fue un monólogo de amor propio. Y ahí, en el centro de la escena, apareció Él. Lionel Messi. A los 39 años, con el cuerpo curtido por mil batallas y el alma más joven que nunca, volvió a dar cátedra. No hace falta correr más que nadie cuando la cabeza vuela a otra velocidad y el guante que tiene en el pie izquierdo sigue escribiendo versos en el césped. Dos asistencias, dos puñales directos al corazón del imperio que se creía seguro. Leo no juega al fútbol, Leo dicta sentencias, y hoy, con 39 años, volvió a recordarnos por qué es el dueño absoluto de este deporte.

Pero no solo fue talento; fue una construcción colectiva de acero. Si hablamos de defender, hay que ponerse de pie y aplaudir a Cristian "Cuti" Romero. Lo del Cuti fue sencillamente imperial. Se puso la defensa al hombro, anticipó cada pelota como si le fuera la vida, y fue el cerrojo que permitió que el resto de los muchachos se volcara al ataque sin miedo. Fue un león, una muralla que infundía respeto con solo mirar. Cada cruce suyo era un mensaje: "por aquí no pasa nadie".

Ver a esta Selección es reconciliarse con la esperanza. Este equipo nunca, jamás te deja a pie. Cuando el mundo entero los daba por muertos, cuando el resultado era adverso y el rival se aferraba a la especulación, ellos sacaron de adentro ese fuego sagrado que solo el argentino conoce. Nos dieron una vuelta de página, una victoria de esas que se cuentan en las mesas de los domingos por los próximos cincuenta años.

Gracias, muchachos. Gracias por no rendirse nunca, por hacernos llorar de alegría, por hacernos sentir, una vez más, que no hay nada más lindo que ser argentinos cuando esta banda entra a la cancha. Hoy, con la épica a flor de piel y el orgullo hinchado, solo me queda decir: ¡qué bendición es haber nacido bajo estos colores! Vamos a la final, con la frente en alto y la historia, una vez más, de nuestro lado. 

El domingo es otra cosa, otra nota, ojalá, otro llanto como el que aún me dura, por que sepan bien, la historia dice, y recuérdenlo, que para sacar a los españoles de nuestras vidas, primero los sacamos a patadas en el culo a los ingleses, como se fueron hoy.

Una cosa más, quiero recordar al mejor hacedor de frases de la historia, al que les hizo el mejor gol de la historia a los ingleses, a D10S, a Diego y se la quiero dedicar a todos los que siempre inventan que a Argentina le regalan los partidos, que no juega con nadie, mexicanos, españoles, franceses, ingleses, uruguayos, chilenos...LTA.