El Día del Periodista nos dejó una postal inmejorable de las dos Argentinas políticas de hoy. De un lado, el respeto por las reglas de juego; del otro, el enojo constante contra quien hace las preguntas.
A veces, las cosas que no se dicen terminan haciendo mucho más ruido que los gritos. Este 7 de junio, el Día del Periodista, pasó algo que vale la pena mirar de cerca. No por la fecha en el calendario en sí, sino por lo que nos mostró sobre quiénes nos gobiernan y cómo lo hacen. Fue como un escáner espontáneo que dejó a la vista dos maneras totalmente distintas de entender el poder.
Por un lado, Mauricio Macri hizo exactamente lo que uno espera de alguien que entiende cómo funciona un país normal. Mandó un saludo a los trabajadores de prensa, pero no fue un simple mensajito de compromiso. Fue un gesto de pura calidad republicana. Recordó algo básico pero que hoy parece revolucionario: que la libertad de expresión es la base de todo. Con la tranquilidad del que ya pasó por la presidencia, dejó claro que aguantar la crítica no es un síntoma de debilidad, sino el precio que se paga con gusto por vivir en democracia.
Y ahí es donde el contraste con Javier Milei te deja pensando. La Casa Rosada eligió un silencio que aturde. El presidente libertario ni siquiera mandó un saludo. A ver, la falta de cortesía y de educación básica puede pasar, pero el problema grave es el fondo de la cuestión. Lamentablemente, ya nos estamos acostumbrando a que tilde de "ensobrados", "mentirosos" u "operadores" a cualquiera que no aplauda sus medidas. Y lo que asusta todavía más es que desde su propio entorno se instaló esa idea tristísima de que al periodismo "no se lo odia lo suficiente". Es una locura si lo pensás un segundo: es buscar aniquilar al mensajero en lugar de sentarse a debatir las ideas.
Esta diferencia tan contundente entre el dirigente republicano que respeta las instituciones y el líder poco educado que se enfurece cuando le acercan un micrófono, es enorme. Gobernar un país no se trata de hacer un monólogo cómodo en las redes sociales, bloqueando al que piensa distinto.
Al final del día, la verdadera libertad no se grita en un acto partidario; se demuestra en la calle, aguantando la mirada del otro. Y en este Día del Periodista nos quedó dolorosamente claro: mientras algunos todavía defienden el derecho a preguntar sin miedo a las represalias, otros prefieren actuar como si la prensa fuera un enemigo personal.
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