Mientras Donald Trump se prueba el traje de justiciero intergaláctico amenazando con borrar países del mapa a lo guapo de conventillo, Javier Milei aplaudía de pie desde la tribuna extasiado, convencido de que semejante despliegue de testosterona geopolítica es poco menos que una obra maestra renacentista.

El barrio global tiene un nuevo matón de esquina, y parece sacado de una mala película de vaqueros donde el guapo del norte se sacude la solapa, se acomoda el jopo y le avisa a todo el vecindario que acá se hace lo que él dice o simplemente manda a demoler la cuadra entera. Donald Trump, en su eterno papel de macho alfa de la geopolítica de cabotaje, volvió a pararse frente al atril de la ONU con la elegancia sutil de un camión acoplado sin frenos y soltó esa joyita de la negociación moderna: o nos sentamos a hacer un trato o directamente se encarga de aniquilar a la República Islámica de Irán, por las dudas y por si el café venía tibio. Una amenaza al pasar, bien de compadrito de cordón cuneta, que ratifica que la diplomacia internacional del siglo XXI ya no necesita tratados de paz ni embajadores cultos, sino un tipo con campera de cuero virtual dispuesto a sacar chapa de malevo cósmico cada vez que se aburre en la Casa Blanca.

Pero lo verdaderamente fascinante de este sainete diplomático no es el tamaño del arsenal que agita el magnate inmobiliario devenido en comisario universal, sino el coro de aplaudidores que le festeja cada bravuconada sin que se le mueva un músculo de la cara. A pocos metros de allí, con la devoción mística de un feligrés arrodillado frente a la ventanita de un santo milagroso, nuestro León patagónico desembarcaba en Manhattan dispuesto a no perderse ni un segundo del show del ídolo. Con la sensibilidad política de un niño que ve a su superhéroe favorito de historieta tirar rayos láser, Javier Milei sentenció con total seriedad que "pocos entienden la magnitud de su liderazgo", asumiendo con absoluta humildad que él, claro está, forma parte de ese selecto club de iluminados capaces de descifrar semejante profundidad mental mientras Trump grita que va a arrasar continentes enteros.

La escena no tiene desperdicio y pinta de cuerpo entero la patética comedia de enredos en la que se convirtió la política exterior sudamericana. Mientras los diplomáticos serios de todo el planeta intentan descifrar cómo evitar una Tercera Guerra Mundial que ruede por los desiertos de Medio Oriente, el presidente argentino prefiere gastar sus escasos minutos de gira neoyorquina en lanzar elogios dignos de un adolescente extasiado en la puerta camarines de una estrella de rock. "Masterclass", llegó a tildar el mandatario austral en las redes sociales, bautizando como una clase magistral de alta escuela lo que tranquilamente podría ser el libreto de un matón de barrio discutiendo por la medianera con el vecino. La sintonía fina entre ambos líderes se resume en un intercambio donde uno flexiona los bíceps amenazando con borrar mapas y el otro le grita desde la vereda de enfrente que es el más lindo, el más inteligente y el único que la ve.

Así desfilan por la alfombra roja de las Naciones Unidas, entre cumbres del "Escudo de las Américas" y saludos protocolares que parecen castings para una comedia bizarra, hermanados por un relato mesiánico donde las relaciones internacionales se reducen a quién grita más fuerte o quién tiene el bate más pesado. El guapo de la cuadra norteamericana sigue repartiendo cachetazos verbales a diestra y siniestra, convencido de que el mundo es un gigantesco baldío donde él pone las reglas y los demás aplauden con miedo o por conveniencia. Y del otro lado, el admirador sudamericano aplaude cada exabrupto con los ojos brillosos, dispuesto a inmolar la propia soberanía con tal de recibir una palmadita en la espalda del matón mayor. Al final del día, el peligro real no es solo que Trump cumpla sus bravuconadas de pistolero retirado, sino que nuestros gobernantes sigan creyendo que hacer el ridículo detrás suyo es la cumbre de la política exterior.