Se fue el tipo que nos hizo reír de un oso y angustiarnos (o aliviarnos) con un “dicen que soy aburrido”. Ramiro Agulla no hacía publicidad; Ramiro hackeaba el control remoto de los argentinos. El entendió algo que pocos se atreven a admitir: a la gente no le importa tu marca, le importa qué le hacés sentir cuando se sienta en el living.

Agulla y Baccetti no fueron una dupla, fueron un fenómeno cultural. En los 90, cuando el país se movía al ritmo de la convertibilidad y la televisión era el fuego sagrado de todas las casas, ellos se sentaron a escribir el guion de nuestra cotidianidad. ¿Quién no repitió "Gueropa"? ¿Quién no miró el televisor esperando que apareciera La llama que llama solo para ver qué nueva maldad tenía preparada? No eran avisos, eran capítulos de una serie que no pedimos pero que todos empezamos a ver.

Lo disruptivo de Ramiro no era la irreverencia por el hecho de ser rebelde. Su genialidad estaba en el olfato, en la capacidad de leer la calle y traducirla en un lenguaje que el consumidor (y el elector) podía masticar. Entendió que la política, como la venta de un auto o una tarjeta telefónica, no se trata de plataformas de gobierno ni de virtudes técnicas, se trata de percepción. “Votan por otra cosa”, decía él, y no se equivocaba. Desnudó la fragilidad de la racionalidad humana con una sonrisa y una cámara encendida.

Hoy, la industria publicitaria se siente un poco más "aburrida". Se nos fue el tipo que no tenía filtro, el que le puso épica a lo mundano y que, con una mezcla de histrionismo y una inteligencia que rozaba lo peligroso, nos demostró que para vender una idea primero hay que venderse uno mismo.

Ramiro no se llevó sus guiones a la tumba. Los dejó pegados en nuestra memoria colectiva, en ese rincón donde guardamos los slogans que se convirtieron en frases de cabecera y los recuerdos de una época donde la publicidad argentina era, por un rato, lo mejor que nos pasaba en el día.

Se terminó el corte. La pantalla queda en negro, pero el ruido que dejó, ese eco de "Llamá a Chamot" o la picardía de un discurso político convertido en hit pop, va a seguir sonando un tiempo largo. Al final, como bien le gustaba jugar con las reglas, se fue como mejor sabía: haciendo que todos estemos hablando de él.

Buen viaje, Ramiro. El aire queda disponible.