El malestar dejó de circular en privado y comenzó a hacerse visible en los salones donde antes sobraban aplausos.
Durante buena parte de su gestión, Javier Milei encontró en el mundo empresario uno de sus principales respaldos. La promesa de ajuste, desregulación, apertura económica y reformas profundas coincidía con reclamos que distintos sectores del poder económico sostenían desde hacía años. El Presidente era visto como un outsider capaz de hacer lo que otros gobiernos no se habían animado a hacer.
Pero ese acompañamiento nunca fue incondicional. El establishment puede respaldar a un gobierno mientras vea estabilidad, previsibilidad y posibilidades de negocios. Cuando empiezan a aparecer dudas sobre la gobernabilidad, la economía o la continuidad del rumbo, el entusiasmo cambia rápidamente de tono.
Eso es, precisamente, lo que comenzó a verse en el Council of the Americas, que tuvo lugar la semana pasada.
La presencia de Milei ante empresarios y CEOs dejó una sensación incómoda. Hubo aplausos entre sus seguidores más entusiastas, pero el clima general estuvo lejos de ser el de otras ocasiones. En los salones del Alvear circularon preocupaciones por la economía, la política y, sobre todo, por la capacidad del Presidente para sostener el rumbo sin generar una crisis que termine afectando aquello que el propio empresariado pretende preservar.
El problema ya no parece ser solamente económico. También es Milei.
Sus gritos, ataques, insultos y enfrentamientos permanentes comienzan a generar cansancio en sectores que alguna vez celebraron precisamente esa personalidad disruptiva. El personaje que funcionó como atractivo electoral en 2023 empieza a ser observado con otros ojos ahora que tiene que gobernar y garantizar estabilidad.
La preocupación se profundizó por el escenario electoral. Los empresarios saben que la conversación de 2027 ya empezó y que la incertidumbre política puede convertirse rápidamente en incertidumbre económica. Por eso, mientras La Libertad Avanza continúa siendo considerada la fuerza más competitiva, algunos de los principales actores del sector privado comenzaron a escuchar también a la oposición.
Querían conocer qué piensa el oficialismo, pero también qué alternativas existen enfrente.
Caputo intentó llevar tranquilidad. Les aseguró que Milei será reelegido y sostuvo que el peronismo no tiene hoy posibilidades de derrotarlo en una segunda vuelta. Pero también reconoció el riesgo de que la incertidumbre política termine afectando la economía. El mensaje fue claro: los empresarios no pueden quedarse esperando hasta 2027 para invertir.
El Gobierno, mientras tanto, enfrenta otra dificultad: algunos banqueros consideran que el programa económico necesita estímulos para recuperar consumo y actividad. Luis Caputo habría admitido en una reunión reservada que existían medidas para hacerlo, pero que Milei decidió no avanzar. La frase que quedó entre los presentes fue contundente: el Presidente está dispuesto a perder una elección antes que modificar el plan.
Ese nivel de intransigencia comienza a preocupar.
El mercado financiero ya mostró señales de tensión, el dólar se movió con mayor presión y el riesgo país acumuló semanas de suba. Al mismo tiempo, empresarios de sectores industriales advierten sobre salarios que no alcanzan, consumo debilitado y dificultades crecientes para algunas actividades.
La división dentro del círculo rojo, entonces, empieza a ser evidente. Una parte sigue defendiendo el orden macroeconómico y las reformas. Otra empieza a preguntarse si Milei puede garantizar su continuidad.
Y esa diferencia es mucho más importante de lo que parece.
Porque el problema para el Presidente ya no es convencer a quienes nunca confiaron en él. El desafío es otro: evitar que quienes lo acompañaron desde el comienzo empiecen a preguntarse si el principal riesgo para el programa económico puede terminar siendo el propio Milei.
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