La historia de la educación argentina se escribe con los nombres de aquellos gigantes que supieron moldear el destino de la patria desde el aula. Si el siglo XIX tuvo en Domingo Faustino Sarmiento a su gran constructor, el siglo XX y los albores del XXI encontraron en el Profesor Horacio Sanguinetti a su referente más excelso, un faro de lucidez republicana que acaba de dejarnos a los 91 años. Su fallecimiento no es solo la pérdida de un intelectual brillante; es el cierre de una época dorada en la que la cultura y la excelencia académica marchaban de la mano de un compromiso cívico inquebrantable.
Abogado, historiador, melómano y pedagogo de raza, Sanguinetti consagró cada hora de su dilatada existencia al desarrollo del pensamiento crítico. Su nombre quedó indisolublemente ligado a la gestión de las instituciones más sagradas de nuestra identidad nacional. Fue el primer Secretario de Educación de la Ciudad de Buenos Aires con la autonomía porteña, y también el director que devolvió el brillo y la institucionalidad al Teatro Colón. Sin embargo, su verdadero altar, el espacio donde su magisterio alcanzó dimensiones mitológicas, fue el Colegio Nacional de Buenos Aires (CNBA), institución que condujo como rector durante tres períodos históricos marcados por la recuperación democrática y el esplendor académico.
Sanguinetti no veía al Colegio como un simple edificio de la calle Bolívar, sino como el motor invisible del progreso argentino. Solía evocar la trascendencia de esa casa de estudios con una de sus reflexiones más hondas y memorables: "El Colegio es una personalidad espiritual. En él se formaron los próceres de la independencia, la hueste civil de Echeverría que dictó la Constitución Nacional, los organizadores del 80, y muchedumbre de sabios, artistas, profesores, magistrados y hombres útiles para la República". En esa síntesis perfecta, el maestro expresaba no solo su orgullo, sino la enorme responsabilidad que pesaba sobre sus hombros: mantener encendida la antorcha de una elite intelectual humanista, laica y democrática.
Bajo su rectorado, el Nacional de Buenos Aires no solo preservó su legendario rigor científico y literario, sino que se convirtió en un refugio de libertad de expresión tras los años oscuros de la dictadura. Sanguinetti recibía a los alumnos con una mezcla de firmeza paternal y erudición desbordante, inculcando el amor por los libros, por el debate y por la música clásica, una de sus grandes pasiones. Tenía la rara virtud de los grandes hombres: la capacidad de hablarle con la misma jerarquía a un presidente de la Nación que a un estudiante de primer año que ingresaba temeroso por el gran pórtico del Colegio.
Su legado trasciende las paredes del aula y las fronteras de la Ciudad. Sanguinetti creía fervorosamente que la educación era la única herramienta capaz de igualar hacia arriba y de garantizar la salud moral de la República. Nos deja una obra escrita prolífica, un tendal de generaciones de graduados que hoy lideran el país y, por sobre todo, el testimonio incalculable de una vida honesta, austera y enteramente dedicada al bien común.
Hoy la Argentina despide a su último gran humanista. Su partida genera un dolor profundo, pero su memoria queda resguardada en el bronce de la gratitud nacional. Horacio Sanguinetti ya es parte de esa "personalidad espiritual" que ayudó a forjar, y su nombre figurará por siempre entre los héroes civiles que soñaron, enseñaron y construyeron una patria mejor.
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