La noche de ayer en el estadio fue una batalla de nervios y de estrategia, una antesala necesaria para lo que el mundo ya señala en rojo en el calendario: el próximo miércoles, Argentina e Inglaterra se verán las caras. Pero apartemos de nuestra memoria el polvo de los archivos históricos. Olvidemos el peso de las banderas bélicas y el eco de los relatos pasados. Como bien sentenció Lionel Scaloni, esto es fútbol; una semifinal de Copa del Mundo que se juega con el presente, con el alma puesta sobre el césped y con la mirada fija en el horizonte de la gloria.
Si, va a estar Diego en el recuerdo de los que pintamos canas, y algunos dirán porque no mezclamos a Diego, con Malvinas, los muertos, los “malditos ingleses”, por que no, esta generación de “chicos de Messi”, no siente Malvinas, no sabe que significó el 86, solo importa que “su” genio haga lo que debe hacer. Por otro lado, Mi “genio”, si estará, siempre estará y no terminaré de agradecerle jamás. Pero entiendo, este no es el partido de Diego, es el de Leo y así será. La del 86 era el “equipo del narigón”, estos son los “Peaky Blinders”
Yendo al presente lo que este grupo está construyendo va mucho más allá de la táctica. Si comparamos esta versión de la "Scaloneta" con aquella de 2022, es evidente que el ritmo ha cambiado. Las piernas ya no responden con la misma frescura eléctrica de hace cuatro años, y la velocidad de ejecución ha cedido terreno ante el paso implacable del tiempo. Sin embargo, donde el GPS marca una disminución en los kilómetros recorridos, el corazón marca una cifra que desafía toda lógica. Esta Selección ha aprendido a suplir la falta de vértigo con un activo innegociable: una garra inmensa, una voluntad de acero y, como bien grita la tribuna con esa crudeza emocionante, unos huevos que no caben en el pecho.
Es un fenómeno que merece ser analizado con el alma: de los últimos 4 mundiales en 3 de ellos Argentina está instalada en la mesa de los cuatro mejores. La regularidad no es casualidad; es el fruto de una identidad que se ha vuelto granítica. Muchos se preguntan el "porqué" de tanta entrega, de esa capacidad de levantarse incluso cuando el cansancio intenta doblegarlos. La respuesta es sencilla y profunda: ninguno de ellos quiere que este sea el último partido de Lionel Messi.
El capitán es el faro, pero es también el símbolo de un pacto sagrado que los jugadores han sellado entre ellos y con su gente. Jugar al lado de Leo es, para cada uno de estos futbolistas, un compromiso que trasciende lo deportivo. Hay un deseo colectivo de proteger su legado, de estirar la magia lo máximo posible y de regalarle (y regalarnos) una última página dorada en su libro infinito.
El miércoles, ante Inglaterra, el fútbol dirá quién merece seguir adelante. Puede que el resultado sea esquivo, que el azar del juego se incline hacia un lado o hacia el otro, o que el destino tenga otros planes. Pero hay algo que podemos afirmar con absoluta certeza: esta Selección jamás será derrotada en hombría. No caerán vencidos en el amor por los colores, ni en la entrega absoluta que implica vestir la camiseta más hermosa del mundo.
Cuando el árbitro dé el pitazo inicial, no veremos once jugadores contra once rivales. Veremos a un país entero empujando, a un grupo de hombres que han decidido ignorar sus límites físicos para abrazar la gloria con el coraje de los que saben que, cuando se juega con el alma, la derrota es solo un concepto estadístico. Pase lo que pase, el orgullo ya es nuestro, y las lágrimas que hoy asoman no son de miedo, sino de una emoción pura, de saber que este equipo, pase lo que pase, nos ha devuelto la fe en lo que significa ser argentino.
Puede que el miércoles el resultado nos sonría o nos sea esquivo. El fútbol, en su naturaleza caprichosa, siempre guarda una cuota de incertidumbre. Pero hay una certeza que nos llena el pecho de orgullo: pase lo que pase, este equipo jamás será derrotado en hombría. La entrega por los colores no conoce de marcadores. Nos han enseñado que la grandeza no reside en ganar siempre, sino en no rendirse nunca. Y mientras el mundo se detenga a mirar el reloj el miércoles, nosotros estaremos ahí, aferrados a la radio, a la pantalla, al mate y a la fe, sabiendo que, aunque la velocidad cambie, el corazón de esta selección seguirá latiendo con la fuerza de un gigante.
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