Acindar volverá a apagar los hornos de su histórica acería en Villa Constitución la semana que viene. Será un freno corto pero sumamente simbólico: la actividad se detendrá el lunes, aprovechando el feriado del 15 de junio, y no se reanudará hasta el viernes. El motivo detrás de esta decisión no es un desperfecto técnico de las maquinarias ni una disputa laboral de último momento; es, llanamente, que el mercado interno no está consumiendo el acero que la planta tiene capacidad de generar.
Para comprender este parate hay que mirar los depósitos de la firma. Entre enero y mayo, la empresa acumuló unas 10.000 toneladas de acero excedente, a razón de unas 2.000 mensuales que quedaron arrumbadas debido a proyecciones de venta que resultaron demasiado optimistas frente a la realidad del mostrador. Como mantener semejante stock parado es financieramente insostenible por los costos asociados, la administración prefirió aplicar un freno de mano temporal en la acería, el corazón caliente donde el metal se convierte en acero líquido y bloques semiterminados antes de pasar al sector de laminación.
Esta parálisis controlada ocurre en un ecosistema que ya venía muy golpeado. La producción siderúrgica nacional arrastra una caída del 40 % respecto a los niveles de 2023, afectada de manera directa por el desplome de la obra pública, la recesión en la construcción y la baja actividad de las fábricas. Este año, las proyecciones indican que Acindar despachará unas 860.000 toneladas de acero, una cifra muy similar a la de 2025 pero dolorosamente lejana al millón de toneladas que salían de sus talleres hace apenas tres años. El mercado local ya no se hunde a la velocidad de meses anteriores, pero sigue peligrosamente planchado en el fondo.
La gran pregunta en las calles de Villa Constitución qué pasará con los empleados de la fábrica. El gigante industrial sostiene unos 3.500 empleos entre personal directo y contratistas repartidos en varias provincias, pero este freno de cuatro días afectará de manera directa a los casi 200 operarios que cubren los turnos de la acería. Durante el apagado de los hornos, la compañía adelantará vacaciones pendientes y otorgará francos compensatorios para esquivar suspensiones traumáticas. Desde la Unión Obrera Metalúrgica asumen la medida con cautela, entendiéndola como un doloroso pero inevitable proceso de adaptación a las nuevas reglas del mercado.
La estrategia de fondo para salir del laberinto no pasa por achicarse definitivamente, sino por barajar y dar de nuevo apuntando al exterior. Con un consumo doméstico que no reacciona, la mira de Acindar se trasladó a las exportaciones regionales y europeas. Para dar esa pelea en el mercado internacional, la compañía tiene en marcha un ambicioso plan de inversiones que incluye 80 millones de dólares para modernizar su propio puerto santafesino y una fuerte reconversión hacia energías renovables. El objetivo es bajar los costos energéticos y reducir la huella de carbono de su producción, una exigencia innegociable para desembarcar en los competitivos puertos de Europa.
Sin embargo, esta transformación requiere un guiño de las reglas de juego locales. Desde el sector insisten en el histórico reclamo de equiparar condiciones competitivas frente al acero importado, exigiendo baja de impuestos y controles técnicos de seguridad más estrictos en las aduanas. Mientras tanto, en Villa Constitución, los trabajadores se preparan para un silencio de cuatro días, esperando que el fuego de los hornos vuelva a encenderse con la fuerza que el país hoy parece no poder sostener.
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