En la Convención Anual de la Cámara Argentina de la Construcción, Camarco, realizada en La Rural, Mauricio Macri habló frente a cientos de empresarios, desarrolladores, contratistas y referentes de uno de los sectores más golpeados por el ajuste y la paralización de la obra pública, lo hizo ante una actividad que acumula una caída cercana al 25% respecto de los niveles que tenía entre 2023 y 2024 y que perdió alrededor de 120.000 puestos de trabajo directos como consecuencia del freno de la inversión estatal nacional.
Mauricio Macri fue a Camarco a hacer mucho más que un diagnóstico económico. Fue a marcar límites. A reconocer el principal logro de Javier Milei, pero también a advertir que el ajuste permanente no constituye por sí mismo un proyecto de desarrollo. Ante un auditorio integrado por empresarios que conviven a diario con obras paralizadas, despidos y falta de financiamiento, el expresidente dejó una definición que atravesó toda su exposición: "El equilibrio fiscal es de mala calidad".
En términos políticos, Macri planteó que el Gobierno está ganando la batalla contra el déficit, pero todavía no demuestra cómo piensa ganar la batalla del crecimiento. Y sugirió que un superávit construido a costa de abandonar infraestructura estratégica puede terminar siendo tan problemático para el futuro como los desequilibrios que se intentan corregir.
La definición fue tan breve como contundente: “El equilibrio fiscal es de mala calidad”. No fue una frase al pasar. Fue el corazón de un discurso que expuso una diferencia cada vez más visible entre el líder del PRO y la Casa Rosada.
Macri reconoció que el Gobierno logró en pocos meses algo que la Argentina no había conseguido durante décadas: ordenar las cuentas públicas y terminar con el déficit crónico. Sin embargo, sostuvo que ese éxito corre el riesgo de convertirse en una victoria incompleta si el Estado deja de invertir en las bases que permiten crecer.
Su planteo fue directo. Un país que no construye rutas, que no amplía puertos, que no mejora trenes, que no desarrolla infraestructura energética y que ni siquiera puede mantener lo que ya tiene, no está ahorrando. Se está descapitalizando. Está consumiendo su propio futuro.
La advertencia llegó además ante un sector golpeado por la paralización de la obra pública nacional. Por eso el mensaje tuvo una fuerte carga política. Macri salió explícitamente a cuestionar la idea, instalada por sectores libertarios, de que la obra pública es sinónimo de corrupción. Dijo exactamente lo contrario: que sin infraestructura no existe posibilidad alguna de desarrollo.
“Sin conectividad física y ahora también virtual no hay crecimiento”, insistió. Y agregó un concepto que atravesó toda su exposición: el gasto corriente puede sostener el presente, pero la inversión construye el futuro.
La crítica no terminó ahí. El expresidente también puso en duda la sustentabilidad de un modelo que depende casi exclusivamente de la figura presidencial. Sin nombrar a Milei, cuestionó la lógica del liderazgo personalista y advirtió que ningún programa económico serio puede descansar sobre un caudillo.
“El problema de los caudillos es que hoy están y mañana no”, planteó. Detrás de esa frase apareció otro de los reclamos centrales de su discurso: la necesidad de instituciones sólidas que garanticen continuidad más allá de cualquier gobierno.
También apuntó contra obstáculos que, según afirmó, siguen alejando inversiones. Mencionó el cepo que todavía condiciona a las empresas, las retenciones a las exportaciones y la proliferación de impuestos locales que encarecen la actividad productiva.
En otro tramo de su exposición cuestionó una de las características históricas de la economía argentina: su tendencia al aislamiento. Citó experiencias internacionales y defendió una apertura comercial mucho más agresiva. Según su mirada, el país lleva décadas castigando su capacidad de generar riqueza al encerrarse detrás de barreras que terminaron perjudicando la competitividad.
“No se puede crecer compitiendo solamente entre nosotros mismos”, fue la idea que atravesó ese pasaje de su intervención.
Pero quizás el mensaje más fuerte apareció cuando habló de los recursos naturales. Frente al inminente ingreso de miles de millones de dólares provenientes de Vaca Muerta, el litio y la minería, Macri lanzó una advertencia que sonó a alarma política.
Dijo que esos recursos pueden convertirse en una oportunidad histórica o en otro capítulo de decadencia. Recordó experiencias pasadas donde enormes flujos de dinero terminaron diluyéndose entre privilegios, burocracia y mala administración. Y dejó una frase que resonó en el auditorio: si las regalías terminan financiando “la camioneta del intendente o la camioneta del gobernador”, el país volverá a desperdiciar una oportunidad única.
El expresidente cerró con una definición que sintetiza toda su posición frente al Gobierno. Reconoce que Milei logró estabilizar una economía al borde del colapso y considera que ese mérito es indiscutible. Pero sostiene que el ajuste, por sí solo, no alcanza.
Ordenar las cuentas era apenas el punto de partida. El desafío verdadero, afirmó, es construir las condiciones para crecer. Porque una economía puede equilibrar sus números y, aun así, quedarse sin futuro. Y ese es precisamente el riesgo que Macri dice estar viendo detrás del superávit que hoy celebra el Gobierno.
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