La realidad no se puede maquillar con gráficos de riesgo país ni con la complacencia de quienes ven la economía desde una pantalla en la city porteña.
En la Argentina de hoy, la microeconomía —esa que habita en la heladera de cada familia, en el mostrador del almacenero y en la angustia del trabajador que llega al día diez del mes sin un peso— está dando gritos de socorro que el Gobierno se empecina en ignorar.
Estamos ante una crisis de subsistencia. No es un dato técnico más; es la desintegración del tejido social productivo. Los números que nos dejan los últimos informes sobre cheques rechazados, que han trepado un 6,6% en un solo mes, son apenas la punta del iceberg. Ese papel que rebota en el banco no es un simple tecnicismo financiero; es una pequeña empresa que no pudo pagar sus insumos, un trabajador que no cobró, una familia que se quedó sin el plato de comida sobre la mesa. Es el síntoma inequívoco de una cadena de pagos que ha entrado en terapia intensiva, asfixiada por una falta de liquidez que no encuentra solución en la hoja de ruta de la gestión actual.
¿Dónde está ese derrame del que tanto hablaron? La respuesta es tan evidente como dolorosa: no existe. Para el ciudadano de a pie, la macroeconomía no derrama nada; al contrario, le chupa lo poco que le queda. Mientras el Gobierno se pavonea de una "estabilidad financiera" que solo beneficia a los grandes jugadores del mercado, el pequeño comerciante y el padre de familia se enfrentan a un escenario de tasas de interés que, aunque hayan descendido, siguen siendo un cepo para cualquier intento de financiamiento genuino.
La mora en los créditos personales y en las billeteras digitales ya no es una anomalía, es una epidemia. Estamos hablando de millones de personas que han caído en la trampa de un endeudamiento desesperado, tomando préstamos para cubrir necesidades básicas. Y ahora, cuando los ingresos no alcanzan ni para cubrir los intereses, la realidad golpea las puertas de los supermercados. La caída en las ventas interanuales del consumo masivo no es casualidad; es la consecuencia directa de una población que ha sido llevada al límite. Cuando el dinero no alcanza, lo primero que se corta es el consumo. La gente dejó de ir al súper no porque no quiera, sino porque no puede.
El Gobierno sigue mirando hacia otro lado. Se refugian en la baja de la inflación para decir que "estamos por el camino correcto", mientras la economía real se desangra. ¿De qué sirve una inflación más baja si la gente no tiene dinero para comprar lo más esencial? Es una victoria pírrica construida sobre las cenizas del consumo. La falta de un plan que contemple la reactivación real es la sentencia de muerte de esta política económica.
Es urgente que el Gobierno baje a la tierra. Que deje de leer los informes de riesgo país como si fueran el único termómetro de bienestar y empiece a mirar los informes de cheques rechazados, los de caída de ventas y los de mora de los bancos . El ciudadano ya no sabe qué más hacer. La receta de esperar a que el mercado lo resuelva todo ha demostrado ser un fracaso absoluto.
Mientras tanto, los hogares siguen achicando gastos, reemplazando primeras marcas por segundas o terceras, eliminando consumos de la canasta básica y viviendo bajo la sombra de la deuda. Esta no es la economía que nos prometieron; es una economía que, en su ceguera por los números fríos, ha terminado por enfriar también los hogares de los argentinos. La paciencia se agota, al igual que los fondos de las cuentas corrientes. Y cuando la cadena de pagos se rompe, la reconstrucción no será con discursos, sino con un esfuerzo que, a este paso, parece ser mucho más de lo que la gente está dispuesta —o puede— soportar.
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