Jorge Luis Borges no murió, simplemente se retiró a la biblioteca secreta de su memoria. Hace cuarenta años, en una Ginebra que siempre consideró su patria espiritual, el hombre que nos enseñó a ver el infinito en un rincón de un sótano dejó el mundo de las formas para habitar, definitivamente, el de los arquetipos. Fue en 1986 cuando el maestro de las ficciones cerró los ojos, aquellos ojos que, privados de la luz física, habían aprendido a mirar el universo con la precisión de un geómetra y la audacia de un metafísico. Leer a Borges hoy no es un ejercicio de nostalgia; es, como él mismo diría, un acto de invención constante, pues su literatura posee esa extraña cualidad de los clásicos: cada vez que regresamos a sus páginas, las encontramos cambiadas, porque nosotros mismos hemos cambiado al leerlo.
Desde la irrupción de Ficciones en 1944 y la consolidación de su mito universal con El Aleph en 1949, Borges trazó una cartografía del pensamiento que parece no tener límites. Sus tigres, sus laberintos, sus bibliotecarios infinitos y sus cuchilleros de arrabal no son meras invenciones literarias, sino los espejos en los que la humanidad se mira para reconocer su propia perplejidad. En sus ensayos, como los reunidos en Otras inquisiciones, demostró que la erudición no tiene por qué estar reñida con la belleza; al contrario, Borges elevó la lectura a la categoría de arte, enseñándonos que todo libro es una conversación entre las sombras de los que nos precedieron. Frases suyas, como aquella que reza que el paraíso debe ser algún tipo de biblioteca, o su sentencia de que uno llega a ser grande no por lo que escribe, sino por lo que lee, se han convertido en la divisa de quienes consideramos que la literatura es la forma más alta de la inteligencia.
Sin embargo, ese intelecto deslumbrante no fue ajeno a las tempestades de su tiempo. Su relación con el peronismo fue una herida abierta, un choque de placas tectónicas entre el espíritu de un liberalismo ético, individualista y escéptico, y la marea de un movimiento que Borges percibía como una amenaza a la libertad del espíritu y a la dignidad de la democracia. Con una franqueza que hoy resultaría insoportable para el pensamiento políticamente correcto, Borges no escatimó adjetivos. Consideraba al peronismo una forma de demagogia que, lejos de redimir al pueblo, lo sometía a una humillación institucional. Para él, Perón era un hombre que había logrado el milagro de transformar un país culto en un teatro de la obsecuencia. Borges, que desconfiaba profundamente del culto a la personalidad y de los ídolos de barro, llegó a afirmar que el peronismo era un fenómeno que, lamentablemente, contaba con la adhesión de los resentidos y los que necesitaban de un caudillo para no hacerse cargo de su propia libertad.
Esta rigidez política era, curiosamente, el único lugar donde Borges parecía abandonar la duda, su mayor virtud literaria. En todo lo demás, fue un hombre que habitó la incertidumbre como si fuera una casa. Y fue precisamente esa mezcla de erudición inabarcable y sencillez pasmosa lo que lo hacía único. Existe una anécdota, contada por quienes frecuentaban sus tardes de ceguera, que lo retrata mejor que cualquier biografía. Se dice que una vez, un joven entusiasta lo abordó en la calle para preguntarle qué se sentía ser el escritor más grande del mundo. Borges, con esa parsimonia que parecía medir cada segundo de la eternidad, se detuvo, apoyó su bastón, inclinó levemente la cabeza y, con una sonrisa apenas perceptible, respondió: "Es un error común, joven. Yo solo soy un hombre que ha tenido la suerte de leer mucho, y que, en algún descuido, ha intentado escribir algo que estuviera a la altura de sus lecturas. La grandeza es una atribución de los lectores, no de quienes escriben". En esa respuesta, breve y tajante, Borges nos dejaba la lección más importante: el escritor no es un genio, sino apenas un lector privilegiado que ha logrado, por un instante, atrapar el reflejo del sol en un espejo de bolsillo. A cuarenta años de su partida, el maestro sigue ahí, esperándonos en el próximo libro, listo para decirnos que la realidad es un sueño compartido.
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