Hay días en que los números fríos de la economía se meten de lleno en la mesa familiar. Nos recuerdan que detrás de cada dato oficial hay comercios con pocas ventas, pymes haciendo malabares y familias que cuidan cada peso.
El organismo estadístico oficial acaba de confirmar lo que muchos ya sentían en la calle: la actividad económica cayó un 1,7% interanual en agosto. Pero lo preocupante no es solo ese número rojo. Lo que encendió las alarmas en el Gobierno es que la economía lleva cinco meses seguidos sin crecer. Desde abril, el indicador clave que mide la tendencia de fondo marca un rotundo cero por ciento. Estamos clavados en una meseta.
La paradoja es que la Argentina hoy se mueve a dos velocidades. Hay sectores a los que les va muy bien: la minería saltó un 11,1%, la energía subió un 4,3% y la hotelería creció un 3,1%. El campo también viene de buenas rachas, aunque en agosto tuvo una leve pausa del 1%.
La gran pregunta es por qué semejante empuje no llega al bolsillo del resto de la gente. La respuesta está en el mercado interno. Industrias clave como la fabricación de productos (-3,2%), el comercio (-3,5%) y la construcción (-2,5%) siguen en baja porque los ingresos no alcanzan y la gente consume menos.
Para que los dólares del petróleo, los minerales y los granos se trasladen al almacén del barrio o al taller pyme, hacen falta tres cosas esenciales: que vuelva el crédito accesible para familias y empresas, que bajen los costos de producir en el país y que los sueldos recuperen poder de compra. Sin un consumo interno fuerte, el motor del país seguirá funcionando a medias.
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