La economía de un país no se mide solamente en las grandes pizarras financieras, sino en el changuito del supermercado, donde la decisión de dejar un producto en la góndola refleja que el sueldo ya no alcanza. Esta es la radiografía actual de nuestro país: un escenario de estancamiento económico donde el consumo masivo, motor histórico del mercado interno, evidencia un agotamiento innegable.

Los números del último relevamiento de varias consultoras económicas, elaborado tras escanear más de ocho mil puntos de venta en todo el país, son contundentes. En abril, el consumo masivo sufrió una caída del 3,8 % interanual. Sin embargo, la luz de alerta se enciende al mirar el corto plazo: la retracción frente a marzo fue del 4,7 %. Esta tendencia bajista se consolida, dejando un acumulado negativo del 3,3 % en el primer cuatrimestre del año.

Para entenderlo de forma práctica y directa: por cada cien productos básicos que comprábamos el año pasado, hoy adquirimos apenas noventa y seis. Este es el síntoma más claro del estancamiento de la actividad económica, una fase recesiva donde los salarios corren por detrás de la inflación y las familias recortan todo gasto no esencial.

La crisis es transversal y golpea a todos los formatos comerciales. Los supermercados de cadena y el sector mayorista sufrieron bajas idénticas del 4,5 % interanual. Los autoservicios independientes retrocedieron un 3 %, y el canal de kioscos marcó un duro descenso del 4,8 %, evidenciando la virtual desaparición del consumo al paso.

En contraste, el comercio electrónico experimentó un fenomenal salto del 40,4 %. Aunque el Gobierno se apoya fuertemente en este dato para señalar una mutación digital del consumo, la realidad comercial demuestra que este segmento virtual aún representa una proporción ínfima en la compra de alimentos básicos. Las farmacias, por su parte, lograron mantenerse a flote con un mínimo 0,1 % positivo.

El verdadero drama social surge al analizar qué dejamos de comprar. La canasta general de alimentación cayó un 3,6 %. Los recortes más pronunciados se dieron en productos "Impulsivos" con un desplome del 12%, seguidos por "Perecederos" con un 7,8 %y "Desayuno y Merienda" con un 7,6 % negativo. La mesa diaria pierde calidad nutritiva.

Paradójicamente, frente a esta austeridad extrema, el rubro de bebidas alcohólicas aumentó un 6,7 %, y las sin alcohol un 4 %. Los expertos llaman a esto "efecto de indulgencia compensatoria". Al no poder planificar grandes gastos recreativos o vacaciones, las familias buscan pequeñas vías de escape accesibles puertas adentro. Una cerveza o un vino en casa se convierten en un refugio accesible frente a la recesión.

Esta dura realidad refleja un peligroso círculo vicioso para nuestra economía: si la gente no tiene dinero, no compra; si no compra, los comercios no reponen, la fábrica frena su producción y se congelan los salarios. Lograr revertir este ciclo productivo exigirá recomponer urgentemente el poder adquisitivo de todos los trabajadores.