La guerra ya no se disimula en los pasillos de la Casa Rosada. Las sonrisas de ocasión, las fotos de unidad y los discursos de “equipo compacto” quedaron enterrados bajo una montaña de desconfianzas, operaciones cruzadas y peleas por poder. Y en el centro de ese huracán aparece otra vez Karina Milei, “El Jefe”, decidida a avanzar sobre la caja más sensible, oscura y temida del Estado: los fondos reservados de la SIDE.

La designación de Sebastián Pareja al frente de la Bicameral de Fiscalización de los Organismos de Inteligencia fue mucho más que un movimiento legislativo. Fue una declaración de guerra interna. Un misil dirigido directamente a Santiago Caputo, el asesor todopoderoso que controla los resortes de inteligencia del Gobierno y que, hasta hace poco, parecía intocable.

En política nadie cree en las casualidades y mucho menos cuando se trata de la SIDE. Allí se mezclan dinero sin rendición pública, información sensible y el viejo arte de los carpetazos. Por eso, en Balcarce 50 todos entendieron el mensaje de Karina Milei: quiere meter mano en el corazón del aparato de inteligencia y quitarle margen de maniobra al hombre que más secretos acumula dentro del oficialismo.

Caputo lo sabe. Y el clima se volvió irrespirable. La ausencia del asesor estrella en la última reunión de la mesa política libertaria fue leída como una señal inequívoca de ruptura. Del otro lado, también llamó la atención el faltazo de Cristian Ritondo a la reunión en la que debía definirse la conducción de la Bicameral. Ritondo esperaba ese lugar, lo tenía conversado, pero Karina le bajó el pulgar y ordenó que el control quedara en manos de Pareja, su operador bonaerense de máxima confianza. Una humillación política que dejó heridos y expuso una interna feroz.

Detrás de la pelea aparece el verdadero combustible del poder: la caja.

Los fondos reservados de inteligencia mueven cifras millonarias que no tienen obligación de rendición pública detallada. Dinero opaco, sensible, históricamente utilizado por todos los gobiernos para operaciones, espionaje y construcción de poder. Y Karina Milei, según coinciden voces del propio oficialismo, quiere controlar cada centímetro de esas estructuras. “Quiere todas las cajas”, mascullan dirigentes libertarios que ya empiezan a comparar el modelo de concentración de poder con las prácticas más cerradas del kirchnerismo duro.

La paradoja es brutal: el Gobierno que llegó prometiendo dinamitar la vieja política ahora reproduce sus peores vicios: desconfianza interna, luchas de camarillas y una obsesión enfermiza por controlar fondos y resortes del Estado.

Pero el problema para Karina es que Caputo no es un rival cualquiera, el asesor presidencial construyó poder manejando información, tiene llegada directa a los servicios, conoce las internas de cada ministerio y acumula datos sensibles de funcionarios, aliados y enemigos. En la Casa Rosada muchos admiten, en voz baja, que le temen, nadie sabe cuánto sabe Caputo y eso, justamente, es lo que lo vuelve peligroso.

“El que maneja inteligencia nunca se va del todo”, resume un dirigente libertario con décadas de experiencia política.

Por eso la ofensiva de Karina genera tanto ruido, porque tocar la SIDE es tocar un territorio donde abundan secretos, expedientes y operaciones silenciosas, un mundo donde nadie sale limpio y donde las traiciones se pagan caras.

Mientras tanto, Javier Milei observa el incendio cada vez más aislado entre dos polos de poder que compiten por dominar su gobierno. Su hermana, convertida en guardiana absoluta del esquema libertario, avanza con lógica implacable sobre cada área estratégica. Caputo, herido pero todavía fuerte, resiste desde las sombras.

Y alrededor de ellos crece un oficialismo atravesado por recelos, broncas y miedos, miedo a quedar afuera del reparto, miedo a las filtraciones, miedo a los carpetazos.

La Bicameral de Inteligencia, esa comisión hermética donde todo ocurre a puertas cerradas, terminó revelando mucho más de lo que debía ocultar: el Gobierno libertario ya no pelea contra la “casta”. Ahora pelea contra sí mismo.