El ministro de Economía, Luis Caputo, se presentó este viernes en la Casa Rosada con la urgencia de quien debe sofocar un incendio antes de que las llamas devoren la confianza de Wall Street. En una puesta en escena cargada de simbolismo político y pragmatismo financiero, el jefe del Palacio de Hacienda intentó blindar la gestión de Javier Milei frente a dos fantasmas que acechan los monitores de los operadores: el persistente riesgo kuka y el desgaste institucional tras las recientes polémicas en torno al jefe de Gabinete. El mapa de la economía argentina se encuentra hoy bajo la presión de una pinza letal que mantiene al riesgo país en vilo, obligando a Luis Caputo a ensayar una alquimia política para sostener la confianza. Por un lado, persiste el riesgo kuka, ese trauma de los mercados que proyecta la sombra de un retorno al intervencionismo y al aislamiento global; por el otro, ha emergido con fuerza el riesgo “cascada Adorni”, alimentado por el desgaste ético y las denuncias de irregularidades que empiezan a salpicar el purismo de la gestión libertaria. Esta dualidad genera un cortocircuito en las expectativas, donde el temor a un pasado se equilibra simétricamente con un presente de sospechas de corrupción, amenazando con anular los beneficios de cualquier reforma estructural.
Para romper este estancamiento, el ministro de Economía lanzó una apuesta de máxima: el Súper RIGI. Este nuevo esquema de incentivos no busca simplemente la extracción de materias primas, sino la industrialización profunda de los recursos naturales mediante el fomento de sectores que hoy son inexistentes en el país. Con el objetivo de atraer entre veinte mil y treinta mil millones de dólares, Caputo apunta a transformar a la Argentina en un centro regional de refinamiento y laminado de cobre, fabricación de baterías de litio, ensamblaje de autos eléctricos y producción de tecnología para energías renovables. Es un intento ambicioso de anclar el capital a largo plazo, ofreciendo beneficios impositivos extraordinarios que blinden a los proyectos de la volatilidad política y de las sospechas que hoy sobrevuelan los pasillos de la Casa Rosada.
Sin embargo, el mercado observa con escepticismo cómo esta promesa de desarrollo choca contra la realidad del efecto cascada de los escándalos internos. El inversor internacional entiende que de nada sirve un régimen de incentivos blindado si la gobernabilidad se resquebraja bajo el peso de denuncias de nepotismo o manejos opacos en el entorno presidencial. La corrupción de las formas, que la retórica libertaria prometió desterrar, actúa hoy como un ancla tan pesada como el déficit fiscal. Mientras Caputo vende un futuro de potencia minera y tecnológica, el riesgo país se alimenta de la contradicción de un gobierno que predica transparencia pero se enreda en tramas de beneficios cruzados que huelen a la misma casta que juró combatir.
En última instancia, el Súper RIGI es la última carta de Caputo para demostrar que el tiempo ahora juega a favor de la Argentina. Pero la eficacia de esta herramienta dependerá de su capacidad para disipar no solo el fantasma del populismo, sino también las irregularidades propias. La Argentina queda así atrapada en una carrera contra el reloj: el éxito de una industrialización sin precedentes frente a la degradación institucional de una gestión que, en su afán por consolidar el poder, empieza a replicar los vicios éticos que la llevaron al triunfo. Sin una limpieza profunda que detenga el riesgo cascada, el ambicioso plan del ministro corre el riesgo de quedar como un catálogo de intenciones estériles frente a un mundo que ya no compra promesas si vienen envueltas en sospechas.
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