La derrota frente a España nos devolvió de un cachetazo a la realidad y le pinchó el globo anímico a la Casa Rosada. Javier Milei tenía el traje a medida para subirse a la ola triunfalista, buscando que la euforia popular tapara los ruidos incómodos de la gestión y el rápido desgaste que generó el caso Adorni. Pero la copa no llegó. Para colmo, el episodio de los jugadores exhibiendo la bandera de Malvinas metió la cola en el peor momento; un gesto genuino que descolocó por completo al Gobierno, atrapado entre el fervor patriótico innegociable de la calle y el pánico a incomodar a sus flamantes socios internacionales. Al final, el fútbol no fue el salvavidas esperado y la política volvió a exigir respuestas.
Ahora arranca la etapa más cruda del año. Con el Congreso paralizado por el receso invernal hasta el 3 de agosto, el reloj le juega en contra al oficialismo. La mesa chica, con Karina Milei y Diego Santilli a la cabeza de las negociaciones, tiene exactamente quince días para tejer en las sombras los acuerdos que hasta ahora se le escapan en la luz. Ya no se trata solo de apagar incendios cotidianos; el objetivo es armar la estructura de poder para el recambio legislativo y la batalla presidencial de 2027. Y en ese tablero, la reforma electoral es el Santo Grial. El Gobierno quiere eliminar las PASO para evitar un gasto millonario, pero sobre todo, para capitalizar a su favor la fragmentación de la oposición.
Pero acá es donde la estrategia libertaria choca de frente con el verdadero dueño de la llave: el PRO. Lejos de ser un furgón de cola o un espacio debilitado, el partido amarillo se ha consolidado como el árbitro absoluto e indispensable de la política nacional. En Balcarce 50 saben perfectamente que sin el pulgar arriba del macrismo, no avanza ni una sola ley. Puede que puertas adentro del PRO existan debates lógicos y acalorados sobre cómo pararse frente al Gobierno en cada tema puntual, pero a la hora de sentarse a negociar, actúan como un bloque blindado que hace valer su peso específico. La reciente campaña impulsada por Mauricio Macri defendiendo las primarias con su eslogan del "PRÓXIMO PASO" no es un simple capricho de cartel; es una demostración de fuerza que le marca la cancha a Milei.
Los gobernadores aliados y la tropa legislativa que comanda Cristian Ritondo en Diputados negocian hoy desde una posición de poder envidiable. Escuchan los pedidos urgentes de la Casa Rosada, pero exigen garantías absolutas. El planteo es pragmático: si se eliminan las PASO, ¿quién les asegura que la lapicera de Karina Milei va a respetar sus territorios y los va a incluir en el armado nacional? Por eso, el PRO se planta. Saben que La Libertad Avanza los necesita desesperadamente para sancionar no solo el fin de las primarias, sino toda esa agenda económica e institucional que quedó paralizada. El Súper RIGI, las modificaciones en Zonas Frías, los cambios en Inocencia Fiscal y el espinoso proyecto de Propiedad Privada están juntando polvo en el Senado. Ninguna de estas reformas verá la luz si el partido amarillo no da la orden de avanzar.
Mientras el Congreso es un hervidero de negociaciones a contrarreloj, el Presidente prepara las valijas para una jugada internacional de altísimo voltaje. Viajará a Brasil para participar del lanzamiento de Flávio Bolsonaro, echando más nafta al fuego en su guerra fría, ideológica y personal con Lula da Silva.
Se vienen tiempos de definiciones, Milei ya no cuenta con el escudo de los goles de la Selección para distraer la coyuntura. Ahora está obligado a bajar al debate de la política pura y dura, asumiendo que en este complejo ajedrez legislativo, el PRO tiene la reina y no piensa regalar la partida.
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