Un diagnóstico de la Universidad de San Andrés advierte que el PBI cayó un 2,6% en el tercer trimestre de 2026 y confirmó dos períodos seguidos de contracción. La parálisis de la actividad económica enciende las alarmas en la Casa Rosada y expone la distancia entre el orden macroeconómico y la calle, justo cuando el calendario político empieza a acelerar el paso hacia el turno electoral de 2027.

El freno se siente en el aire, en el consumo que no despega y en comerciantes que dudan antes de levantar sus persianas. Aunque el Gobierno logró mostrar medallas indiscutibles en el frente macroeconómico, con una inflación que bajó escalones y las cuentas públicas finalmente ordenadas, la economía real no termina de arrancar. El motor de la actividad diaria volvió a quedarse sin fuerza y las proyecciones privadas confirman lo que muchos sospechaban en la calle: el país volvió a tropezar con la recesión.

El golpe más certero vino desde las aulas. Un informe del Centro de Estudios Cuantitativos en Negocios de la Universidad de San Andrés encendió todas las alarmas al calcular una contracción del 2,6% en el Producto Bruto Interno durante el tercer trimestre de este año. Como la actividad ya había retrocedido durante el trimestre anterior, el diagnóstico académico deja a la Argentina a las puertas de una recesión técnica, esa barrera invisible que marca dos trimestres consecutivos en terreno negativo.

Lo que más preocupa en los pasillos financieros es que las perspectivas venían siendo bastante más optimistas. El propio mercado esperaba un impacto mucho más suave, cercano al 1% de caída. Sin embargo, el desplome de julio y el estancamiento casi total de agosto terminaron por arrastrar todos los números hacia abajo. Hubo pequeños brotes verdes en sectores puntuales como los despachos de cemento o las importaciones, pero resultaron insuficientes para amortiguar el golpe generalizado.

Para Javier Milei, el dato representa un desafío político de primer orden. Su administración construyó la mayor parte de su credibilidad en torno al ordenamiento monetario y la promesa de un rebote duradero. Pero la brecha entre achicar el déficit y lograr que las familias sientan alivio en la billetera se está volviendo cada vez más ancha. Bajar la inflación es condición necesaria para estabilizar, aunque claramente no alcanza para poner en marcha las fábricas ni para recomponer los ingresos de la gente.

El problema de fondo es el reloj. Queda apenas un año para que las elecciones presidenciales de 2027 entren en su etapa más caliente, y llegar a ese turno decisivo con un aparato productivo fatigado achica el margen de maniobra del oficialismo. La medición oficial del INDEC recién se conocerá a mediados de diciembre, pero la tendencia ya está trazada. El Gobierno necesita que la estabilización baje a la calle antes de que el cansancio social empiece a pasar factura.